La muerte de Alonso Quijano. Darío Rivas y el caballero de la triste memoria.

Por Matías Bailone.

Coordinador del Equipo Jurídico de la Querella argentina contra los crímenes del franquismo.

Darío Rivas en su casa de Ituzaingó.

Un día después de cumplir nueve años la querella argentina contra los crímenes del franquismo, con 99 cumpleaños encima, en medio de una lenta agonía completamente evitable, en un geriátrico con nula atención médica, Darío Rivas Cando dio su último aliento después de haber transcurrido otro día de la Segunda República, otro 14 de abril, pero ahora de 2019. Es muy triste ver partir así a un ser humano, deshidratado, abandonado, sólo visitado por los amigos y seguidores de la causa republicana. Mucho más a un Alonso Quijano que sólo podía evocar entre lágrimas las luchas y los sueños que tuvo antes de ingresar en esa casa de los muertos, hace ya tres largos y tristes años.

Darío Rivas Cando fue un emigrante gallego que desde el año 1952 buscó los restos de su padre, Severino Rivas, fusilado por la falange el 29 de octubre de 1936 y tirado en una fosa común por haber sido alcalde republicano en Castro de Rei. En su doble condición de argentino y gallego, de hijo de republicano y de impulsor de la querella contra el franquismo, Darío fue un ejemplo y un modelo de esos que incomodan.

Darío sabía que algo olía mal en esa Dinamarca de la transición española, intuía en sus propios huesos que los de su padre estaban aún llamando a su hijo querido, al que vio partir a la lejana Buenos Aires cuando la noche se cernía sobre los sueños de una generación. Ese pequeño Darío que trasuntaba el Atlántico volvería varias décadas después a desenterrar la fosa común donde su padre yacía por haber representado una España vanguardista, y después volvería para pedir justicia, verdad y memoria. Lo que había aprendido de las luchas por los derechos humanos en América Latina.

A comienzos de este siglo logró contactarse con la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica, y con su presidente Emilio Silva, que había sido el protagonista de las primeras exhumaciones de fosas comunes en España. Quería recuperar los restos de su padre, despedirse de ese hombre bueno, que sólo ayudaba a los más necesitados, y que por esa misma razón fue empujado al abismo. Sacarlo de las sombras, desenterrar la historia de Severino Rivas, que estaba -como dice maravillosamente Pedro Guerra- en el calcio del hueso.

Después de enterrar a su padre y de desenterrar el clamor de justicia, Darío agradecido a la ARMH y a Emilio Silva, escribe un libro de memorias y de reflexiones sobre su padre y la lucha de un hijo por recuperarlo. Comienza un periplo de entrevistas y presencias en la prensa que lo convierten lentamente en un activista de derechos humanos, aunque él no lo supiera en ese momento.

En una mesa de la madrileña Plaza de Oriente, donde aún no se había apagado el eco de las voces que clamaban al dictador, Emilio Silva y Ariel Jérez, nos propusieron a Raúl Zaffaroni y a mi la posibilidad de la jurisdicción universal para las víctimas del franquismo. Ahora el camino de Darío sería al revés, de Argentina a España, activando el principio jurídico que sirvió para juzgar al discípulo más fiel de Franco, el infame Augusto Pinochet.

El último libro de Baltasar Garzón (“No a la impunidad. Jurisdicción Universal, la última esperanza de las víctimas”, Debate, Madrid, 2019) cuenta la historia de la querella argentina contra los crímenes del franquismo, que se activó después de que España cerrara la posibilidad de juzgar esos crímenes impunes, con el injusto apartamiento del juez que estaba instruyendo esa causa, el propio Garzón.

Darío Rivas con Matías Bailone


El 14 de abril del 2010, Darío Rivas se presentaba en la Cámara Federal porteña para dar curso al pedido de investigación y enjuiciamiento de los crímenes del alzamiento militar que dio origen a la guerra del 36 y la posterior dictadura franquista. Quería juzgar el crimen de su padre, pero también ponerlo en el contexto de ese atroz genocidio y de su larga impunidad. Dos largos años llevó la preparación de la querella original, con la asistencia de grandes juristas y de obstinados abogados, y honrando la memoria de los penalistas exiliados de la República en suelo americano, que justamente habían sido los maestros de Raúl Zaffaroni.

No es este un texto sobre la querella, sino sobre su patriarca. Darío le puso cuerpo y alma a esta lucha judicial desde el primer día. Militó la querella en España y en Argentina, escribiéndose con el Papa Francisco y poniendo en apuros a Angela Merkel. Dando clases en Salamanca o disertando junto a Garzón y Rigoberta Menchú. Cantando canciones republicanas con jóvenes que podían ser sus bisnietos o contando la historia de Severino.

Darío Rivas en el Segundo Congreso Internacional de Jurisdicción Universal en Buenos Aires, entre Baltasar Gazón y la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú.


Darío se fue entre dolores atroces y evitables, no llegó a los cien años por apenas unos meses, pero nos deja un legado colmado de fortaleza moral que nos tiene que interpelar profundamente. En sus últimos días, antes de que el abandono en el que estaba le impidiera el habla, nos decía que quería volver a España cuando sacaran a Franco del mausoleo de Cuelgamuros y soñaba con ver avances en la causa que inició hace nueve años.

Se habló de Darío como el “Quijote de la memoria” y lamentablemente sus últimos tres años transcurrieron como el sueño de Alonso Quijano. Disfrutaba mucho de las reuniones sociales, de los asados en su casona de Ituzaingó, de los viajes a Galicia y de recibir amigas y amigos. Terminó sus días en un miserable geriátrico porteño que el propio Darío denominada “depósito de viejos”. No es a ese Alonso Quijano al que queremos recordar, sino al Caballero de la Triste Memoria que trasuntó mares, olvidos y amnistías para honrar a su padre y a la Segunda República Española. De su ejemplo seguiremos aprendiendo y cuando se cumplan cien años de su nacimiento o cuando saquen al genocida de sus aposentos últimos, cantaremos La Internacional o El Himno de Riego en honor al gran Darío Rivas.

Publicado en www.eldiario.es

Homenaje a Darío Rivas Cando
Cuando Darío esperó varias horas de pié para entregarle una carta a Angela Merkel pidiéndole que pida perdón por la responsabilidad alemana en el genocidio franquista español.
Cecilia Rosseto y Paco Ibañez con Darío Rivas y Matías Bailone.
La letra de Darío Rivas en una de las cartas que le dirigió al Papa Francisco.
Darío con Baltasar Garzón
Darío Rivas con Baltasar Garzón, Victor Heredia, Rigoberta Menchú, Eugenio Raúl Zaffaroni, Hugo Cañón, Eduardo Barcesat y Matías Bailone. II Congreso Internacional de Jurisdicción Universal, Teatro Cervantes, Buenos Aires, 2016.

Ver también: Una fisura en el muro de la impunidad. La querella argentina contra el franquismo. Por Julieta Bandirali.

Matías Bailone explica a la ARMH cómo se armó la querella argentina desde el año 2008.
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.