La metáfora bélica en la Argentina. Por Eugenio Raúl Zaffaroni.


1. Todo debe resolverse con una guerra. Hay demasiadas guerras en el mundo, declaradas y no declaradas. Pero además de las guerras con muertos, desplazados, refugiados y náufragos, las hay imaginarias, en función de metáforas bélicas que declaran la guerra a todo lo que perjudica, molesta o no gusta.
Desde que Nixon y sus sucesores comenzaron a declarar la guerra a los entes más inverosímiles, la metáfora bélica la expanden los políticos y los formadores de opinión de los monopolios mediáticos: todos los problemas deben resolverse mediante una guerra.
Lo grave es que en ocasiones la metáfora deja de ser tal y se concreta en guerras reales, aunque localizadas, pero el riesgo de esa desnaturalización se vuelve más general cuando nada menos que el presidente de Estados Unidos bravuconea electrónicamente con otro que también dispone de un botón nuclear.
2. Alcanza al discurso judicial. En el terreno del uso y abuso de esta metáfora, hace poco el presidente de la Corte Suprema argentina afirmó que nuestros sistemas procesales fueron pensados como defensa, porque había que defenderse de los abusos del Estado, pero como las sociedades fueron cambiando, se necesita ahora un sistema pensado como ataque. Y agregó que no puede haber ataque si se usa la defensa.
El presidente de la Corte no es penalista y quizá no entendió bien el alcance de sus dichos, porque un planteo de ataque y defensa es una clara metáfora bélica. Si se impone atacar es porque hay un enemigo, cuestión que hace pocos años dio lugar a un enorme e intensísimo debate internacional acerca del llamado derecho penal del enemigo (Feindstrafrecht).
3. ¿La corrupción sistémica no existe? Creo que el magistrado argentino cae en un doble error. Ante todo, parece que confunde al supuesto enemigo, aunque tiene razón en cuanto a que el derecho penal liberal o de garantías fue pensado contra el poder criminal de los Estados y, lo cierto, es que hoy los mayores daños no provienen de los Estados, sino del poder financiero que destruye a los Estados, los endeuda, los corrompe, los quiebra, defrauda a las poblaciones, las empobrece y subdesarrolla a las naciones.
Esta es la corrupción sistémica que empieza a preocupar a más de un penalista, aunque la oculta meticulosamente toda la vocinglería corriente contra la corrupción, montada por los monopolios mediáticos que forman parte del mismo poder financiero corruptor.
En efecto: según estos monopolios, la única corrupción es la que nace del Estado. Por ende, los únicos corruptos son los políticos de gobiernos populares que agrandan al Estado y, como conclusión, se impone la necesidad de achicar al Estado, porque el Estado siempre es malo y lo no-Estado siempre es bueno. En síntesis: el Estado es corrupto (en razón de coimas argentinas, mordidas mexicanas o gorjetas brasileñas) y el poder financiero es impoluto. De este modo, no sólo se consagra la impunidad de los corruptores sistémicos que desbaratan Estados, sino que incluso se fabrica la falsa imagen de su virginidad moral.
Aunque no estamos seguros de que el derecho penal sea el instrumento más útil contra el poder financiero no estatal, que corrompe y desbarata Estados, no se deben dejar de lado propuestas como la del profesor de Frankfurt, Wolfgang Naucke, que ensaya una aproximación de delitos económico-políticos, que abarcarían macroestafas como la que determinó la crisis de 2008. Para eso retoma una idea que tendría su origen en los juicios de Nürnberg, donde se condenó a los empresarios cómplices de la Shoá, y que se concretaría en condenas recientes como en el caso de Islandia, cuando la propia conducción económica del Estado permite o alienta el vaciamiento y la quiebra de éste (El concepto de delito económico-político, Una aproximación, trad. y estudio preliminar de Eugenio Sarrabayrouse, Madrid, 2015).
4. El derecho penal de ataque. Además de individualizar mal al supuesto enemigo, el otro error del discurso del magitrado consiste directamente en propugnar un derecho penal de ataque. Quizá alguien que no conoce mucho de la materia puede confundirse, pero es indudable que con esa expresión se está apelando a una metáfora bélica y, como bien sabemos los que recorrimos un poco la historia –y una parte la hemos vivido-, cada vez que se usó este discurso de ataque para eliminar a un enemigo peligroso, en realidad acabó eliminándose a los molestos para el poder de turno.
Volveremos sobre esto, pero de momento digamos que no creemos que nadie en su sano juicio se atreva a sostener que la inquisición liberó al mundo de Satán, Hitler de la conspiración judía mundial, Mussolini del comunismo, Stalin del capitalismo explotador, nuestras dictaduras de seguridad nacional del oriente del trapo rojo o los racistas de la degeneración, pero todos ellos se manejaron con el derecho penal de ataque y, realmente, sí, en verdad, atacaron y mataron sin piedad, aunque no nos libraron de nada, sino que nos trajeron tragedias.
No se puede ignorar que en el siglo pasado, al menos uno de cada cien habitantes de este planeta murió víctima de Estados que legitimaron su poder homicida con la metáfora bélica y el discurso del enemigo, siempre en el marco del derecho penal de ataque, o sea que este discurso sirvió para victimizar mucho más que todos los homicidas privados en el mismo tiempo.
Por eso, la disyuntiva entre un derecho penal de ataque y otro de defensa, es una metáfora bélica muy gastada en la historia. Sus devastadoras consecuencias generaron tal pánico que, hace setenta años, los jefes de nuestras manadas humanas concluyeron que el único derecho penal respetuoso de la dignidad del ser humano es el que habilita poder para penar al culpable y, al mismo tiempo, lo inhabilita para penar al inocente (o incluso al culpable más allá de lo que indica la gravedad de su ilícito). Nadie ignora que el discurso de Derechos Humanos se positivizó en el plano internacional a partir de 1948, justamente ante la evidencia del desastre legitimado con la vieja metáfora bélica, que hoy vemos renacer y generalizarse.
5. Regresión y degradación. Al amparo de esta metáfora, también se postulan ahora instituciones procesales preiluministas, que se pretenden hacer pasar por posmodernas (testigos de la corona pagos, impunidad para criminales arrepentidos, agentes encubiertos a quienes los jueces mandan cometer delitos, pruebas ilícitas, valor probatorio de simples informes de inteligencia, etc.). Todas estas regresiones lesionan la superioridad ética del Estado democrático, que es la fuente de la legitimidad de su poder.
Como la metáfora bélica abre el camino para que el Estado deje de lado todo límite ético y jurídico, sus agentes comienzan a cometer delitos (matar, torturar, coaccionar, difamar, revelar vida privada, enjuiciar, prisionizar y condenar arbitrariamente, etc.), lo que acaba degradándolo a la condición de Estado delincuente. De este modo se deslegitima el poder del propio Estado: si tanto el Estado como su enemigo son delincuentes, la única razón por la cual debemos respetar al Estado es el miedo, pero no por ningún imperativo ético ni republicano, pues nada nos obliga moralmente a acatar el poder de un delincuente.
Incluso en la más extrema agresión manifiesta no bélica a un Estado, la proclamada guerra al terrorismo es una trampa fatal, ante todo porque el terrorismo no es un poder, sino una táctica infame y, obviamente, se trata de una guerra imposible, porque no hay guerras contra tácticas, lo que sería tan absurdo como declarar una guerra contra las balas dum-dum o contra las minas personales.
Pero esa guerra imposible es precisamente el juego que busca el terrorismo brutal y sanguinario, que muchas veces no quiere tomar el poder, sino sólo destruir la legitimidad ética del Estado democrático. Lo provoca para hacerlo caer en su juego, invitándolo a emplear su mismo método, para que el propio Estado se vuelva terrorista. El criminal que emplea la táctica terrorista triunfa cuando el Estado cae en su juego, pues al hacerlo legitima el discurso de su proclamado enemigo, lo que permite a éste ufanarse de su triunfo: vean que ataco a un Estado criminal, que esto es sólo un juego ideológico y de poder, no me enfrento a nadie con valores superiores, sino a un ente detestable, inmoral y asesino.
Las anteriores son las consecuencias extremas de la metáfora bélica que, por suerte o por gracia divina, no corresponden a nuestra realidad actual, aunque siempre es alarmante que se la renueve.
6. La metáfora bélica en la conducción política de las policías. Si bien no debemos cargar las tintas en el discurso de un magistrado un poco distraído, no es insignificante que la metáfora bélica empape las reiteradas manifestaciones públicas de la ministra de seguridad y del presidente de la República, porque en sus manos está nada menos que la conducción de las fuerzas de seguridad.
Los policías son trabajadores, como los de cualquier otra categoría profesional, sólo que con la particularidad de que, a diferencia de Europa, en nuestro país se les niegan los derechos laborales de que gozan los restantes profesionales, argumentando la necesidad de una estructura militarizada, cuando se trata de un servicio de naturaleza puramente civil y de primera necesidad, puesto que ningún estado puede prescindir de él: hay Estados sin Fuerzas Armadas, pero no hay Estados sin policía.
Lo cierto es que, en nuestro país, el policía es uno de los trabajadores más maltratados por el Estado, que le niega el derecho de sindicalización, de paritarias, etc., y lo somete a un régimen disciplinario autoritario y arbitrario.
En toda sociedad hay personas con diferentes niveles de salud mental y, por lo tanto, no hay categoría profesional (jueces, abogados, docentes, ingenieros, médicos, sacerdotes, economistas, etc.) que no deba reconocer que en su seno hay excepcionales personas con precaria salud mental, de lo que dan cuenta múltiples casos que huelga mencionar. Por ende, la profesión policial no puede ser una excepción.
En su seno no sucede nada diferente a lo que tiene lugar en cualquier otra categoría profesional, sólo con la particularidad de que la conducción política de la categoría y la dificultad para reforzar la conciencia profesional (producto de la prohibición de sindicalización y su correspondiente discusión horizontal), hace que las consignas de las cúpulas prendan, precisamente, en los pocos casos de salud mental precaria y, en razón de la función, se traduzcan en hechos letales. De allí que cuando la metáfora bélica es irresponsablemente esgrimida por la conducción política, termine cobrando víctimas fatales.
El final de la bravuconada bélica de la conducción política de las policías es siempre triste, pues la letalidad policial, si bien por regla recae en personas de las clases subalternas de toda sociedad, un día hace blanco sobre alguien que pertenece a un sector social o clase con voz más potente, provoca reprobación pública y, en esa emergencia, la conducción política procura desentenderse y librar a la justicia penal a los responsables, o sea, a trabajadores policiales de peor salud mental y, por ello, más vulnerables al discurso de metáfora bélica con que previamente la misma conducción los instigó. En síntesis: hay un muerto y un trabajador con precaria salud en la cárcel, o sea, dos vidas destruidas por el uso irresponsable, oportunista y demagógico de una metáfora irracional.
7. La metáfora bélica es la preferida del totalitarismo comporativo. La guerra a cualquier cosa es la metáfora preferida del actual totalitarismo corporativo financiero que avanza por el planeta, legitimándose ideológicamente con el nombre de neoliberalismo. Si bien este totalitarismo usurpa el nombre de liberal, con la metáfora bélica anula el viejo trípode de libertad, igualdad y fraternidad.
El viejo liberalismo era la ideología de una burguesía europea en ascenso y lucha contra la nobleza en el siglo XVIII y, como tal, ocultaba una cara oscura, que eran la esclavitud y el colonialismo, practicados lejos de Europa, que la proveían de medios de pago y materias primas para su empoderamiento en la Revolución Industrial. No obstante, no puede negarse que este liberalismo político, en su contradicción mantenía activa una importante pulsión liberadora. No en vano, en cuanto esa misma burguesía europea alcanzó la hegemonía social, abandonó prestamente al liberalismo y abrazó el más burdo racismo reduccionista biológico.
A la ideología del totalitarismo corporativo actual nada le queda de la pulsión originaria del liberalismo político. En este sentido es quizá correcto que se le anteponga el prefijo neo a su usurpación nominal, porque también permite entenderlo como una enfermedad maligna que postula la más absoluta libertad para competir, atacando sin límites no sólo a los semejantes y a los Estados, sino incluso al planeta mismo. Reduce la igualdad del viejo trípode a un discurso defensivo, esgrimido apenas cuando se ve en dificultades ante las críticas a la demasiada libertad de su ataque, en tanto que de la fraternidad sólo se ocupa el Papa y por eso lo critican.
8. ¿Cómo se explica el éxito de la metáfora? No puede negarse que, pese a su simplismo e irracionalidad, la metáfora bélica cunde con facilidad, no siendo suficiente explicación de esta aceptación la anécdota del oportunismo de un presidente y su ministra o de un magistrado distraído.
Tampoco alcanza su difusión por los medios monopólicos para explicar que se erija en la consigna preferida del totalitarismo corporativo (financiero y hegemónico) y de sus monopolios mediáticos, porque la construcción mediática de la realidad no es omnipotente, sólo germina en un terreno fértil, no inventa los prejuicios, sino que los recoge, profundiza y explota (es la táctica völkisch, mal traducida como populismo, lo que ha creado graves confusiones).
Por consiguiente, en la expansión de esta metáfora juega algo previo a la manipulación misma, pero que permite que la usen abiertamente –por no decir con todo descaro- las cúpulas del Estado que responden al poder financiero, sin que eso les provoque mayor problema.
Sin pretender agotar la respuesta, es posible desdoblarla en dos preguntas: (a) ¿Existen razones culturales que, en nuestra sociedad, por lo menos en buena medida, explican la facilidad con que se acepta la metáfora bélica en el caso particular de la guerra a la corrupción, entendiendo a ésta sólo limitada a las falsas imputaciones mediáticas con complicidad judicial y a algún ratero de menor cuantía de la política? (b) ¿En un plano más general, hay motivaciones o condicionamientos culturales más profundos que operan en el inconsciente, referidos a las guerras reales, pero que facilitan la aceptación de sus invocaciones metafóricas?
La respuesta a la primera pregunta está vinculada a nuestra historia, condicionada por nuestra posición geopolítica, por lo cual admite una aproximación más precisa. En el caso de la segunda pregunta, sólo podemos destacar algo que nos ha llamado la atención, más como un interrogante dirigido a otros especialistas que como una respuesta. En este sentido nos preguntaremos si la atracción que provoca la invocación de la guerra en sí misma, no esconde una cuestión etaria y, al mismo tiempo, una derivación de la dominación patriarcalista.
9. La construcción del subhumano social. En cuanto a la primera pregunta, es obvio que la construcción de la realidad por parte de los medios monopólicos, limitada a una supuesta corrupción del ámbito estatal, siempre en gobiernos populistas que ampliaron la base de ciudadanía real, es una táctica muy conocida, que en el siglo pasado fue usada con harta frecuencia, siendo ilustrativos –entre muchos- los casos de Yrigoyen en 1930, de Perón en 1955, de las insólitas versiones de la cuenta suiza de Evita, todo lo cual se repite en la actualidad.
Esta táctica no tendría éxito si no hubiese una parte de la sociedad predispuesta a creer esas imputaciones. Por cierto, la hay, en particular en la clase media que, como sabemos es heterogénea y ni siquiera siempre corresponde a una realidad medida en niveles de ingresos y riqueza. Por consiguiente, no todo lo que se llama clase media asume la misma actitud crédula, porque hay una parte que duda y otra, si bien menor, pero crítica y más informada, que la rechaza. De toda forma, lo cierto es que un buen sector de ella cree ingenuamente que se llevaron todo, mientras no cae en la cuenta de que se endeuda al país en forma descomunal y vamos camino del desastre, por obra de una corrupción sistémica de volumen astronómico. ¿Qué es lo que le obstaculiza a esa parte de la clase media percibir la realidad? ¿Qué la lleva a estar dispuesta siempre a creer en la supuesta corrupción escandalosa de los gobiernos populistas?
Creemos que la clave está dada por algo que hemos sostenido más arriba, cuando afirmamos que la ideología autodenominada neoliberal ignora por completo la fraternidad y demuele el trípode del viejo liberalismo.
Ese sector de la clase media está formado por personas que, aunque de ingresos modestos en su mayoría, sienten la necesidad de considerarse superiores y –también-, como envidian a los que concentran la riqueza de la que ellos carecen, deben atribuir la culpa de sus frustraciones a alguien, que no puede ser el mismo que ambivalentemente envidian pero tratan de imitar, no en dinero, pues no lo tienen, sino en gustos, opiniones y refinamiento.
10. La construcción del paria vago, inmoral y delincuente. Tal vez esto suceda en alguna medida en toda sociedad. La explicación parecería venir desde muy lejos, tanto que es posible que se encuentre en la descripción de la sociedad de castas hindú de Max Weber, aunque en otro orden sus trabajos sean cuestionados por investigaciones posteriores. En su estudio (Gesammelte Aufsätze zur Religionssoziologie, tomo II, Tübingen 1986, p. 1, Hinduismus und Buddhismus) explica que la existencia de una casta de parias permitía que las demás, incluso las más humildes, se considerasen superiores y pudiesen descargar contra los parias todo su odio y resentimiento.
Quizá toda sociedad tienda a tener sus parias, considerados prácticamente como no humanos, para que una clase que ni siquiera es en su totalidad media en razón de sus ingresos o riqueza, pueda considerarse superior, diferenciarse de ella y rechazarla, canalizar hacia ella la supuesta culpa de todas sus frustraciones y, de ese modo, evitar que ese odio se dirija hacia las capas hegemónicas.
Hay sociedades donde esto reconoce raíz racista y es una secuela de la esclavitud, como lo explica un reciente libro el sociólogo brasileño Jesse Souza (A elite do atraso, 2017), pero también hay otras donde no hubo nunca una economía esclavócrata, como en nuestro país, y en la que tampoco puede detectarse una discriminación racista muy fuerte (los prejuicios racistas se desdibujan en una o dos generaciones) y, en tal caso, debe crearse culturalmente una clase de parias, por no decir, inventarse en alguna medida. También es posible que otras sociedades, como las europeas, deban importar a sus parias, sin perjuicio de reinventar desigualdades (sobre el caso francés es interesante el ensayo de François Dubet, ¿Por qué preferimos la desigualdad? (Aunque digamos lo contrario), Bs. As., 2016).
La construcción de los parias en la sociedad argentina es lo que generó el medio pelo que observaba Arturo Jauretche al promediar el siglo pasado, como núcleo duro del gorilismo revanchista, antiperonista visceral, porque todo el que pretenda sacar a los parias de su situación lesiona el sentimiento de superioridad de esos sectores llamados medios.
El discurso con que en voz baja –aunque a veces alta- proclaman la legitimidad de sus supuestos privilegios, alcanza ribetes de caricatura, pero desgraciadamente es copia fiel de lo que afirman en su construcción de realidad: ¿Cómo puede ser que estos miserables quieran vivir como uno? ¿Estos populistas corruptos pretenden quitarnos lo que hemos ganado con nuestro esfuerzo individual (meritocrático) y nuestra moral superior, para dárselo a esos vagos, impúdicos, grasas y delincuentes? ¿No ven que abusan de los derechos que les dan? ¿No ven que hacen asado con el parquet? ¡Venga quién sea, militares, financistas corruptos, extranjeros, quien sea, pero echen a estos populistas corruptos, demagogos y sucios! ¡Métanlos en la cárcel!
Civilización y barbarie es la opción que atraviesa toda la literatura más o menos oligárquica, desde Sarmiento, que afirmaba que nuestra población era mezcla de una raza que no había superado la edad media con otra que estaba en el paleolítico, lo que la hacía inidónea para la democracia. También aconsejaba no ahorrar sangre de gauchos. Fueron los intelectuales de nuestras clases hegemónicas, los que legitimaron el genocidio patagónico, quienes elevaron esta dicotomía a la categoría de un paradigma (del que no se libró nuestra propia izquierda), como pretendida clave que nos permitiría aproximarnos a la comprensión de todos nuestros problemas nacionales: la culpa de todo la tienen los bárbaros y los populistas corruptos, que son votados por esos ignorantes, brutos, inmorales, concupiscentes y delincuentes.
Si bien los civilizados y los bárbaros fueron cambiando de fisonomía a lo largo de nuestra historia, la dicotomía se mantiene hasta el presente, como legado de las luchas fratricidas del siglo XIX y del triunfo del neocolonialismo en nuestra Nación, valido de las oligarquías proconsulares que el populismo combatió.
11. ¿Hay algo etario y patiarcalista? En cuanto a la segunda pregunta, podríamos recordar el pesimismo de Freud en su carta a Einstein, o discutir acerca de una posible neurosis civilizatoria que lleva al triunfo de Tánatos sobre Eros, por incapacidad para incorporar la muerte a la vida y, por ende, acabar incorporando la vida a la muerte. Pero esto sería querer volar al nivel de los genios, de lo que estamos extremadamente lejos y fuera de nuestras posibilidades.
En la cuestión de las motivaciones o condicionamientos culturales inconscientes, pero facilitadores de la aceptación de toda invocación metafórica a la guerra real, sólo nos limitamos a apuntar algo con que hemos topado en el camino, sin ninguna pretensión de exclusividad, sino como señalamiento de un eventual motivo de reflexión para quienes tienen mucha más autoridad en la materia.
Leyendo a un pacifista francés del siglo pasado, Jean Giono, descubrimos unos párrafos en que observa que las guerras siempre explotan la exaltación de la virilidad de los jóvenes, pero en realidad los incorporan a la empresa humana menos necesitada de virilidad, porque requiere la obediencia pasiva absoluta e infinita a las órdenes y contraórdenes de los jefes. Muy sugestivamente, agregaba que las guerras siempre son concebidas, preparadas y desencadenadas por financistas y políticos que, en general, son hombres andropáusicos que añoran su virilidad perdida.
¿A qué clase de virilidad se refería Giono? Resulta claro que es la virilidad patriarcal, o sea, la del macho musculoso, del titán cuadrado de mentón grande, como son los supuestos cadáveres de los soldados muertos en los muchos monumentos a los caídos, idénticos a la estatuaria de los totalitarismos, con su conocida sublimación homoerótica.
¿Será acaso el patriarcado, con su particular idea de la virilidad, que impulsa a veteranos, que sienten que ya no pueden, a mandar a la muerte y a la obediencia a los que pueden? ¿Habrá en las guerras –y en su explotación metafórica- algo de revanchismo etario generado por el marco patriarcal de la sociedad? ¿Será acaso eso sólo o jugará también cierto resentimiento de quienes están cerca del fin, frente a quienes lo tienen más lejano? Estas no son ni siquiera hipótesis, sino sólo preguntas de un criminólogo, pero no podemos negar que nos resulta muy sugestiva la observación del autor de Il ragazzo celeste (Jean le Bleu).
12. Datos objetivos. Sin duda que Giono se basa en datos objetivos: es verdad que siempre las guerras las deciden adultos o adultos mayores que, como tales, no pueden dejar de lado la cercanía de la muerte biológica. Sin duda que objetivamente le adelantan la muerte a los jóvenes que convierten en soldados. También es verdad que antes los mandan a someterse incondicionalmente, o sea, a ceder la virilidad patriarcal que los mandantes perdieron o nunca tuvieron (porque no fueron los modelos para los monumentos de machos musculosos).
Los datos objetivos de la observación de Giono nos resultan más evidentes si reparamos en los hechos distantes en el tiempo a que él se refería, lo que en estos casos siempre es bueno, dado que evita la perturbación emocional que produce la vivencia de lo cercano en el tiempo.
Giono se refería a la primera guerra mundial (1914-1918). Observemos en esta tragedia los rostros de los empenachados líderes uniformados y condecorados, del Káiser del brazo defectuoso, del valetudinario emperador austríaco, del Rey de Serbia, de los otros reyes y emperadores, de sus cancilleres, de los plenipotenciarios reunidos en Versalles al final de la guerra, y comparemos eso con las horribles imágenes exhibidas en las muestras fotográficas organizadas con motivo del centenario de esa guerra: montañas de brazos y piernas amputados a soldados casi adolescentes y de trincheras inmundas y enlodadas, en las que dormían, comían, orinaban y defecaban. Esos jóvenes habían partido exultantes de virilidad patriarcal y de sentimiento bélico, despedidos con flores en las estaciones ferroviarias, firmemente decididos a matar a otros jóvenes.
Alguien podría pensar que ese entusiasmo de virilidad patriarcal que se explota en los jóvenes es contradictorio con la imagen también patriarcal del padre en la familia autoritaria que, según algunos se transfiere al Estado, lo que les llevó a imaginar que de la familia autoritaria sale el hijo anarquista. No opinaba así Horkheimer y nadie está muy seguro al respecto, aunque pareciera que también suele resultar un hijo autoritario, pero bastante traumado y que, si alcanza el poder, lo ejerce aún más autoritariamente que el padre: ahora yo tengo el poder y lo ejerzo mejor que tú, te muestro que soy mejor que tú, que ya no puedes, por viejo o por muerto.
13. La metáfora bélica y el poder punitivo. Todo lo anterior es discutible por quienes están en condiciones de profundizar mucho más en estos temas, pero lo cierto es que la metáfora bélica trasladada al poder punitivo, en el discurso de los responsables de la conducción de las policías, muestra hoy rasgos y resultados análogos, pues los muertos del gatillo fácil son jóvenes, se banalizan sus muertes, aún por la espalda, desencadenadas por consignas metafóricas emitidas también por personas que bordean o pasaron los sesenta años de edad.
Como dijimos antes, la metáfora bélica en el derecho penal no es ninguna novedad enunciada en el discurso de un magistrado un poco distraído ni mucho menos o en la irresponsabilidad de una ministra y un presidente siempre balbuceante, sino que el famoso derecho penal de ataque o de enemigo es el infaltable partner de todos los desbordes letales del poder punitivo, por lo menos en los últimos mil años.
En efecto: en cada época, el autoritarismo o el totalitarismo de turno desató un ataque contra algún enemigo y prometió salvarnos de los peligros universales más dispares: las brujas, los herejes, la degeneración, la sífilis, el comunismo internacional, el capitalismo explotador, la droga, el alcohol, la corrupción, la criminalidad organizada e incluso del propio totalitarismo.
Lo cierto es que nunca nos salvó de nada: algunos de esos peligros no eran tales (no somos mejores porque dejamos de quemar mujeres, pues no lo hacemos sólo porque ya no tememos a las brujas), otros que lo eran, se resolvieron por otras vías (el comunismo internacional se implosionó, la sífilis la curó la penicilina) y otros hasta hoy no los resolvió nadie (el alcoholismo, la droga, etc.). Desgraciadamente, otros como la corrupción, se volvieron sistémicos al poder y manipulan el propio punitivismo.
Pero en este milenario y trágico camino quedaron millones de cadáveres, cuyas muertes legitimó la recurrente metáfora bélica en todas sus variables culturalmente adaptadas a cada tiempo, siempre con su derecho penal del enemigo y de ataque. Algunas veces las víctimas no eran jóvenes, como en la inquisición, pero eran mujeres, como clarísima reafirmación del patriarcalismo. En otros pocos respondió a la eliminación de una clase, como la inquisición española, manejada por la nobleza contra la incipiente burguesía judía. En todo caso, siempre se trata de la mayor, masiva y más prolongada estafa a la humanidad entera.
14. ¿Podemos hablar de un derecho penal de defensa en un Estado democrático? En rigor, como no existe un derecho penal de ataque, tampoco es admisible pretender la existencia de otro de defensa frente al Estado, porque la palabra es impropia, pues no es defensa la preservación de la dignidad de la persona, sino que es el presupuesto mismo de todo Estado democrático y de derecho. Si se quiere abusar de esa palabra, usándola también metafóricamente, lo que en verdad se defendería sería al Estado democrático mismo, pues éste deja de existir cuando se lesiona la dignidad y la vida de la persona, aunque la hegemonía gobernante sea resultado de un acto electoral.
Es ampliamente sabido y recalcado que, si bien el principio mayoritario es la base de la democracia, no debe ser entendido en sentido absoluto, puesto que tal entendimiento, en su límite extremo, daría lugar a una democracia totalitaria, toda vez que no garantizaría la posibilidad de alternancia en el poder. Así lo entiende todo el constitucionalismo de los Estados democráticos (por ejemplo, Peter Häberle, Europäische Verfassungslehre, Nomos, Baden-Baden, 2006, p. 299; del mismo, El Estado Constitucional, Bs. As., 2007, p. 258; Livio Paladin, Diritto Costituzionale, Padova, 2006, p. 263; Enrico Spagna Musso, Diritto Costituzionale, Padova, 1992, p. 151). El principio general es que la mayoría no puede negar los derechos de la minoría, puesto que, de hacerlo, negaría el de la propia mayoría a cambiar de opinión.
Un Estado que pretende legitimar su poder punitivo apelando desde su cúpula a la metáfora bélica, que encarcela al candidato a vicepresidente opositor, a ex-ministros, que le dificulta a uno de ellos tratar su gravísima dolencia, que somete a procesos múltiples a la ex–presidenta, al ex–vicepresidente, que llama a indagatoria al candidato a presidente opositor, que somete a opositores a la picota televisiva, que excluye a periodistas y artistas críticos, que intenta manipular la composición de tribunales, que desoye los mandatos jurisdiccionales internacionales y nacionales, que mantiene detenida a una diputada por pura discriminación múltiple, que desata campañas de estigmatización ante cualquier crítica, que permanece indiferente ante cualquier denuncia de corrupción sistémica, pero que, sobre todo, lesiona masivamente el derecho al desarrollo acumulando a la velocidad de la luz un monto de deuda sin precedentes en toda la historia, que de ese modo compromete el presupuesto por décadas, cuando su mandato termina en poco más de un año, ese Estado, aunque sea indiscutible el origen electoral de sus gobernantes, por cierto que no va por el camino de la democracia plural, enmarcada en un Estado de derecho y conforme al modelo de sociedad abierta.

Brasilia, abril de 2018. 

Eugenio Raúl Zaffaroni

Profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires,
Juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
Su último libro es “Derecho penal humano”, Hammurabi, Bs. As. 2017.

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