Luis Jiménez de Asúa en Córdoba (1923 – 1930): viajes académicos, redes intelectuales y cultura jurídico penal. Por José Daniel Cesano.

 

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Luis Jiménez de Asúa en Córdoba (1923 – 1930): viajes académicos, redes intelectuales y cultura jurídico penal

José Daniel Cesano

I.- Introducción: apostillas metodológicas y propósito

Es sabido – escribe Altamirano – “que la historia intelectual se practica de muchos modos y que no hay, dentro de su ámbito un lenguaje teórico o maneras de proceder que funcionen como modelos obligados ni para analizar sus objetos, ni para interpretarlos – ni aún para definir, sin referencia a una problemática, a qué objetos conceder primacía-”[1]. Esta aguda observación no hace más que demostrar cierta falta de consenso en torno a qué es y cómo debe definirse la historia intelectual[2]. Pese a este desacuerdo, hoy también parece evidente que una conceptualización muy restringida de la historia intelectual (reducida al puro análisis de los lenguajes) está siendo matizada, no por cuestionar, necesariamente, las agendas primigenias sino, antes bien, por explorar otros programas científicos, que plantean una mirada más amplia.  En este contexto, cuestiones vinculadas con la comunicación intelectual, en sus diversas formas o la conformación de redes intelectuales vienen llamando la atención de esta perspectiva historiográfica.

Respecto de la primera, señala Dibon, que el estudio de los medios de comunicación intelectual constituye un ámbito digno de indagación: “Pensemos” – dice el autor – “en la comunicación por el libro, sea impreso o circule como manuscrito, en la comunicación por la enseñanza, en particular la enseñanza universitaria, en la comunicación mediante toda clase de intercambios personales, se produzcan en la correspondencia o en ocasión de viajes (…) [en] la larga tradición del gran viaje académico o peregrinatio academica”[3][4].

Por su parte, siguiendo a Devés Valdés, la idea de red intelectual la concebimos como un conjunto de personas ocupadas en la producción y difusión del conocimiento, que se comunican en razón de su actividad profesional, a lo largo de los años[5]. El concepto de red y de comunicación entre sus miembros es, en nuestro concepto y a los fines de este trabajo,  consustancial.

¿Con qué parámetros se pueden detectar estas redes?

Los indicadores se vinculan, precisamente, con las formas de comunicación de las personas – en este caso los intelectuales y sus contextos[6] – que la conforman. Y entre estas formas de comunicación, cobran relevancia particular las siguientes[7]: cara a cara; correspondencia epistolar; participación en los mismos congresos, sociedades o agrupaciones; prologación o comentarios de libros; publicación en los mismos medios; citaciones recíprocas; intercambio de libros, revistas; etcétera.

Las ideas recién señaladas las consideramos pertinentes porque resultan de utilidad para enmarcar la exploración que proponemos. En efecto, durante la década de 1920 – más concretamente, entre los años 1923 a 1930 – La Universidad de Córdoba, y en especial su Facultad de Derecho – recibió la visita de un destacado jurista español: Luis Jiménez de Asúa[8]. Nuestro propósito es aportar elementos para reconstruir estos viajes y visualizar cómo, alrededor de los mismos, se fue conformando una red de intelectuales; cuyas figuras, con posterioridad, alcanzarían una gravitación significativa; incluso con ascendiente nacional. En este sentido, y siguiendo los lineamientos metodológicos ya sintetizados, hipotetizamos que aquellos viajes (y las estancias en Córdoba), por las características que asumieron, no fueron episodios intermitentes y sin trascendencia sino que, por el contrario, tuvieron un peso específico propio y de una duración prolongada – que se extendió más allá de los períodos de permanencia del profesor madrileño en la ciudad mediterránea – que alcanzaron su proyección en la formación de la cultura jurídica local.

II.- Luis Jiménez de Asúa: perfil de un tramo de su biografía intelectual

            No es posible percibir el clima que generaron estos viajes sin, previamente, ubicarnos en la figura de Luis Jiménez de Asúa. Esto exigirá un contacto con su biografía; una biografía reconstruida en contexto; ya que se propone explicar el dato de vida a través del o de los contextos de referencia en la que aquél esté inscripto[9]. En este sentido – en lo que atañe a este segmento – no podemos olvidar, siguiendo categorías de Bourdieu, que cada sujeto individual percibe el mundo y actúa en él a partir de esquemas generativos. Estos esquemas generativos están socialmente estructurados: han sido conformados a lo largo de la historia de cada sujeto y suponen la interiorización de la estructura social, del campo concreto de relaciones sociales en el que el agente social se ha conformado como tal. Pero al mismo tiempo son estructurantes: son las estructuras a partir de las cuales se producen los pensamientos, percepciones y acciones del agente[10]. En síntesis: el análisis del habitus, como “matriz social que engendra comportamientos, preferencias y estrategias individuales”[11].

El inicio de la vasta producción científica de Jiménez de Asúa principia en el año 1913, cuando publica su tesis, con la que obtuvo el título de doctor en derecho por la Universidad de Madrid, intitulada La sentencia indeterminada. Allí se percibe ya, “más yuxtapuestas (…) que elaboradas”[12], las influencias del positivismo criminológico y del correccionalismo; concepciones que, aún cuando sin exclusividad, se convertirían, luego, en estímulos recurrentes en los primeros tramos de su biografía intelectual. Inmediatamente después, entre 1914 y 1915, iniciará, un viaje por distintos países de Europa (Francia, Alemania, Suiza y Suecia) en carácter de becario de la Junta de Ampliación de Estudios. Esta estancia en universidades europeas lo puso en contacto con los más afamados penalistas del momento. Entre ellos, “destacará en primer lugar Franz v. Liszt, en Berlín, su auténtico maestro, pero también son de mencionar Alfred Gautier, en Suiza, Gustav Aschaffenburg, con quien cursó psiquiatría en Berlín, Emile GraÇon en París y Johan Thyren en Lund”[13]. Fruto de aquel viaje de estudio[14] fueron sus primeras obras: La unificación del Derecho penal en Suiza[15] y El Anteproyecto de Código penal sueco de 1916. Estudio crítico seguido del texto íntegro de la Parte general del Anteproyecto[16]. Entre 1914 a 1917, Jiménez de Asúa intervendría activamente en la traducción al castellano del Tratado de Derecho Penal de von Liszt. De los tres volúmenes de la Parte General, el primero fue vertido por Quintiliano Saldaña, con copiosas adiciones, en tanto que el segundo y tercero lo fueron por nuestro autor[17]. La gravitación de von Liszt sobre Jiménez de Asúa fue muy significativa. Esto se advierte, especialmente, en su concepción omnicomprensiva del fenómeno criminal; en donde, el estudio de la renovación político criminal – visualizada en sus primeros trabajos sobre Suiza y Suecia – no excluyó la necesidad de la dogmática penal, de la interpretación del derecho penal con miras a su aplicación[18]. De este interés por la dogmática, serían también testimonio la publicación, en 1922, de las famosas Adiciones a su traducción del Programa del Curso de Derecho Criminal de Carrara; las lecciones sobre la teoría del hecho punible impartidas en Santa Fe (Argentina), en 1929; el curso, sobre el mismo tema, dictado durante tres meses en Montevideo (1930) y La teoría jurídica del delito, discurso leído en la inauguración del curso académico de 1931 a 1932, en la Universidad de Madrid[19].

Para contextualizar los viajes que Jiménez de Asúa realizó a Córdoba existen dos aspectos que merecen ser puntualizados: por una parte, ciertas líneas de investigación que, a partir de la década de 1920, había comenzado a transitar y, por otra, algunas características de su magisterio penal en la Universidad madrileña. Veamos estas cuestiones.

Al comienzo de la década de 1920, Jiménez de Asúa “cayó prendido en los hechizos de la idea de estado peligroso”[20]. En efecto, en aquel año publicó, bajo el título El estado peligroso del delincuente y sus consecuencias ante el Derecho penal moderno, una conferencia pronunciada, en la sesión del día 27 de febrero, en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. Tras enfatizar que las construcciones clásicas (V.gr. la de Francesco Carrara) habían incurrido en un divorcio inadmisible al olvidar la indagación sobre el hombre delincuente, olvido que – según el autor – comienza a ser subsanado, incipientemente, por la teoría correccional de Röder y, luego, por la escuela antropológica italiana (especialmente a través de las versiones de Ferri y de Garofalo)[21]; Jiménez de Asúa se proclama adherente al positivismo crítico, deteniéndose en la teoría de la defensa social, que había predicado la Unión Internacional de Derecho Penal. Bajo esta concepción, y recordando el pensamiento de Adolfo Prins, señalaba nuestro autor que: “El moderno principio defensista ha transformado radicalmente el viejo Derecho punitivo (…). La primera transformación consiste en el abandono del antiguo criterio clásico de la responsabilidad e intencionalidad, que se sustituye por la concepción del estado peligroso”[22].

Resulta interesante destacar cómo, en este trabajo, Jiménez de Asúa desecha, por infecundo, el debate relativo a la existencia o no de libre albedrío; cuestión que, en todo caso, debía preocupar a la filosofía. Por el contrario, lo que tenía que interesar a los penalistas era la noción del estado peligroso que el delincuente representaba para la sociedad: “Desde el momento que este estado se comprueba” – diría Jiménez de Asúa – “existe la necesidad de defenderse, ya sea el acto libre o determinado, ya proceda de un responsable o de un incapaz. Más tarde, cuando se trate de determinar la clase de medida con que se vaya a actuar la defensa es cuando se deben tener en cuenta la peculiar condición del sujeto peligroso, a fin de individualizar el tratamiento”[23].

Otro aspecto significativo de esta temprana exposición radica en su toma de posición favorable a la peligrosidad predelictual; que ya legitimaba la defensa social[24]. Desde esta perspectiva, y aún cuando el individuo no fuese un anormal, cuando se trate de personas inclinadas al delito, “cuando por su mala conducta, antecedentes, etc., se puede inferir que van a violar la ley y perturbar la paz social, es necesario que el Estado actúe con medidas preventivas y aseguradoras, aunque se trate de hombres normales”[25]. Indudablemente, Jiménez de Asúa no ignoraba que semejante fórmula ponía en jaque el principio del derecho penal liberal acuñado en el brocárdico nulla poena sine lege; sin embargo – argumentaba – que “las conquistas de la Revolución francesa han pasado ya al fondo de lo inconsciente y que el juez no necesita, para respetarlas, que los Códigos sean hierros que traben su actividad”; destacando, sobre todo, que el derecho penal había dejado de ser, como sucedía otrora, vengativo y expiatorio, presentándose como una manifestación de “un defensa social consciente y tutelar”[26].

Dos años más tarde, en 1922, Jiménez de Asúa retomaría, con mayor extensión sobre estas cuestiones en su libro El estado peligroso. Nueva fórmula para el tratamiento penal y preventivo[27]. En este trabajo, el autor vuelve a analizar las distintas objeciones dirigidas al estado peligroso. Además de la consabida tensión con la garantía de legalidad, Jiménez de Asúa se ocupaba de otros cuestionamientos; tales como los derivados de la incertidumbre del elemento en que se basarían las sanciones o el principio de proporcionalidad y adecuación de la pena al delito[28]. No obstante ello, una de las preocupaciones que lo desvelaban se vinculaba con lo que calificaba como una objeción seria: el gran problema de la declaración del estado peligroso. ¿Cómo resolverlo? se preguntaba el autor. “Nuestro criterio” – decía Jiménez de Asúa – “es claro: justamente porque no estimamos posible  las declaraciones con antelación, nos parece desacertado decidir a priori, de modo inexorable, que un individuo es peligroso, pero no podemos, por igual razón, decir de antemano, de manera definitiva, que no lo es. Hagamos primeramente, una vez cometido un delito y aun antes, cuando haya elementos suficientes para ello, una declaración provisional  sobre la temibilidad del agente. Que sea provisional y con todo género de garantías, pero no dejemos de hacerla, porque, como escribe certeramente Dorado Montero, ‘ninguno de los autores de hechos calificados socialmente de punibles, puede ser sistemáticamente y a priori excluido del número de los individuos peligrosos, contra cuyo peligro es necesario combatir”[29].

El segundo aspecto que queremos señalar se vincula con ciertas características en el ejercicio del magisterio por parte de Jiménez de Asúa.

Aún cuando entre los años 1915 a 1917 tuvo sus primeros contactos con la cátedra universitaria, fue por una real orden del 13 de abril de 1918, que se lo designó – tras brillante concurso – como catedrático numerario de Derecho penal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid. En 1919 dio su primer curso completo como catedrático de esa asignatura[30].

¿Cuál fue la propuesta didáctica que marcó la impronta de su magisterio?

El seminario y los casos prácticos; para lo cual se inspiró en las técnicas pedagógicas de su maestro von Liszt. Alentados por la brillantez del profesor  y por el estímulo de sus clases, los alumnos presentaban trabajos y memorias; los cuales eran leídos ante sus condiscípulos, iniciándose, enseguida, la controversia. Las sesiones duraban más de hora y media y se celebraban entre dos a tres veces en la semana, con un número de quince a veinte asistentes. “Para mí” – escribiría Jiménez de Asúa[31] – “el único sistema práctico de enseñanza es el que se ejecuta en los laboratorios y seminarios pues en ellos el discurso oratorio revela su ineficacia, y los estudiantes pasan de meros espectadores a elementos activos”[32]. La buena recepción que tuvo esta técnica y la de casos prácticos puede advertirse a través de cierta continuidad de la que gozó, por lo menos durante el tiempo en que, antes de su exilio definitivo, el profesor madrileño siguió a cargo de su cátedra. En este sentido, entre los meses de febrero y abril de 1934, el catedrático de Berlín James Goldschmidt fue convocado para dictar un cursillo  de metodología jurídico – penal, en donde se desarrollaba una guía para la solución de casos prácticos de Derecho penal. Es interesante, al respecto, recordar el sentido que el profesor berlinés daba a sus exposiciones: “Cuando consta que la defensa social se hace a través de leyes penales y que, por consiguiente, es una tarea jurídica, el fin del método jurídico penal es la aplicación de la ley penal, a saber, la subsunción de un hecho dado y concreto bajo un tipo legal. Los medios que el método jurídico – penal suministra para este fin, son la comprobación de la ley que se aplica y de su contenido; la averiguación del tipo legal, bajo el cual cae el hecho, y la constatación de las características que el tipo requiere; últimamente la enseñanza de la manera de exponer un caso jurídico – penal. Por consiguiente, las explicaciones siguientes se dividen en una parte exegética, una parte lógica y en una parte técnica”[33]. Cabe destacar que durante todo el curso dictado por Goldschmidt estuvo presente Jiménez de Asúa, según lo testimonia, con agradecimiento, el propio profesor berlinés, en el preámbulo de esta obra.

III.- Los viajes de Luis Jiménez de Asúa a Córdoba (1923 – 1930): contactos intelectuales

            El primer viaje realizado por Luis Jiménez de Asúa a la Argentina se ubica en 1923. El contacto inicial con el profesor madrileño lo realizó Jorge Eduardo Coll, a la sazón uno de los catedráticos de Derecho penal en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, con motivo de un viaje que éste realizara a España en 1921[34].

En 1923, en la Universidad de Buenos Aires, y tras ser presentado por el propio Coll, Jiménez de Asúa pronunció una serie de doce conferencias, durante los meses de junio, julio y agosto, en las cuales analizó el, por entonces, nuevo código penal argentino[35] ante las modernas direcciones del Derecho penal. El programa del curso en cuestión respondía a la siguiente estructura: las direcciones de las escuelas en la composición y reforma de las leyes penales; el concepto moderno del Derecho penal y las garantías de los derechos individuales; los códigos del porvenir; el código argentino frente a la moderna dirección de las ciencias penales y los problemas técnicos del código penal argentino. El análisis del contenido del curso evidenciaba un profundo conocimiento, de parte del orador, respecto del debate entre escuelas así como la incidencia de aquellas discusiones en la política criminal del momento, proyectada en distintos procesos de reforma. Pero, además, denotaba la gran versación de Jiménez de Asúa en cuestiones de dogmática jurídica. Así aspectos como la ignorancia y el error de hecho y de derecho; el estado de necesidad; el instituto del aborto autorizado por el párrafo 2º del artículo 86 del código penal argentino; el delito de disparo de arma de fuego y los delitos contra el honor, son examinados por el profesor madrileño; evidenciando un conocimiento lúcido del texto argentino recién promulgado juntamente con el pensamiento de la doctrina jurídica europea[36].

En ese mismo año (1923) está datada la primera breve visita de Jiménez de Asúa a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba. En este caso, el contacto entre Jiménez de Asúa y la Facultad mediterránea lo hizo quien ocupaba la titularidad de la cátedra cordobesa de Derecho penal, Julio Rodríguez de la Torre, quien invitó a nuestro autor a los efectos de pronunciar algunas conferencias[37]. Fue justamente Rodríguez de la Torre quien le solicitó a Jiménez de Asúa que impartiera un “curso de más vuelo y durante más meses”[38]; el cual se concretó en 1925[39]. En aquel año el profesor madrileño dictó un curso completo de Derecho penal y, además, para un número reducido de inscriptos provenientes tanto de la Facultad de Derecho como de Medicina un seminario de intensificación, en donde aplicó el método de casos[40].

Antes de su exilio definitivo (en 1939), y con posterioridad al curso de 1925 – del que enseguida nos ocuparemos – Jiménez de Asúa regresó a Córdoba en otras dos oportunidades. La primera fue en el mes de octubre de 1929. Allí fue presentado por Sebastián Soler, a quien había conocido en 1925. Según nuestro autor, la invitación había sido cursada tanto por Pablo Mariconde como por el propio Soler; quienes ostentaban, respectivamente, los cargos de profesor titular y suplente de la cátedra de Derecho penal[41]. Las dos conferencias, en esta ocasión, abordaron los siguientes temas: el dolor y la ceguera en el derecho punitivo y la reforma en la legislación penal española[42].

Finalmente, los días 19 y 20 de octubre de 1930, el profesor madrileño dictó dos nuevas conferencias en la Facultad de Derecho de la Universidad cordobesa. Allí fue presentado por el catedrático de Introducción al Derecho, Arturo Orgaz[43]. En la ocasión, Jiménez de Asúa desarrolló las siguientes temáticas: El nuevo sesgo de la Criminología y  Clínica y derecho del delito político.

¿Por qué se producen estos contactos?

Hay, al menos, dos factores que pueden explicarlos: por una parte, el clima intelectual que caracterizaba, por entonces, a la cultura jurídico penal cordobesa y, desde otra perspectiva, la renovación de las ideas en torno a la función de la Universidad.

¿Cuál era la orientación científica, al momento de aquellos contactos, de la cátedra cordobesa?

Tanto Rodríguez de la Torre como Mariconde comulgaban, en términos generales, con la teorización de la Scuola positiva[44]. Desde luego que esto no significaba desconocimiento de otras concepciones. Por ejemplo, en el caso de Rodríguez de la Torre – primera conexión cordobesa con nuestro autor – puede observarse en su obra, la utilización de conceptos tomados del Tratado de von Liszt; en cuya traducción intervino, según lo expresamos, Jiménez de Asúa[45]. Esta constatación es indicativa de cierta apertura de la cátedra mediterránea hacia concepciones que, aún cuando se vinculasen con la escuela italiana, abrevaban, también, en otros horizontes (por ejemplo: la escuela político criminal); lo que podría explicar el ofrecimiento realizado al profesor madrileño; que epilogara con el dictado del curso del año 1925.

Por otra parte, tampoco puede soslayarse – como otro factor explicativo de la invitación cursada – que, para entonces, se había comenzado a producir – como consecuencia de la reforma universitaria de 1918 – una profunda revisión de la función qué debía cumplir la Universidad (del profesionalismo a una formación más científica); lo que iba acompañado de cierta rectificación en las metodologías de enseñanza así como de la conformación curricular de las carreras. En efecto, hasta antes de 1918, lo que caracterizaba el sistema de enseñanza del derecho eran las tradicionales lecciones magistrales; concretadas, normalmente, a partir de la lectura, por parte del profesor, del texto correspondiente. En 1918, y como una consecuencia del movimiento reformista, comenzó a difundirse la idea de que el espíritu científico podía trasmitirse mejor en las aulas a partir de dos elementos esenciales: los cursos de trabajos prácticos y los seminarios[46]. Esta renovación pedagógica – en especial, los cursos de trabajos prácticos – facilitó e incitó “el juego de la razón del enseñante en la interpretación de los textos legales y de su jurisprudencia, sin ataduras a precedentes que, aunque históricamente valiosos, no eran el instrumento más adecuado para alcanzar la dogmática de nuestro sistema jurídico”[47].

A partir de este clima retornemos a los viajes académicos del profesor madrileño.

En la visita de Jiménez de Asúa a Córdoba en 1925 éste comenzó a anudar distintas relaciones con figuras de representatividad en la cultura jurídica y médico legal de Córdoba. Estas figuras, con intensidad diversa, habían también tenido gravitación en la experiencia reformista universitaria de 1918[48]. Entre estos contactos destacan, especialmente, dos jóvenes juristas: Deodoro Roca y Sebastián Soler y un médico, formado en la Universidad de Buenos Aires, pero afincado, luego, en la Ciudad de Córdoba: Gregorio Bermann. Ya nos hemos ocupado, en investigaciones anteriores, de Soler y de Bermann[49]. Aquí sólo exploraremos la relación con el profesor madrileño, en el contexto de estos tempranos contactos.

En lo que a la cultura jurídico penal estrictamente se refiere[50], las relaciones más estrechas se tendieron entre Soler y Bermann. En realidad, Deodoro Roca[51], si bien ejerció la abogacía realizando importantes defensas penales[52], su docencia universitaria estuvo más relacionada con otros saberes[53]. En efecto, a partir del 1º de marzo de 1919, Roca había sido designado profesor en la cátedra de Filosofía General, en la Facultad de Derecho de la Universidad cordobesa[54]. Con todo, la cordialidad de la relación entre Jiménez de Asúa y el líder reformista surge muy franca[55].

Sin embargo, y a los fines de nuestro propósito, los contactos más interesantes se refieren – como lo anticipamos – a Soler y Bermann.

Respecto de Soler, el mismo Jiménez de Asúa dedica un recuerdo personal vinculado con el curso dictado en 1925: “Lo recuerdo siempre, con su mirada penetrante tras de las gafas redondas, sentado frente a mí en los bancos de mi cátedra de la Córdoba argentina. Aquellos paseos después de la lección diaria, en que discutíamos con vehemencia tema tras tema de los por mi planteados y aquellos debates del Seminario que yo implanté en la más antigua de las Universidades argentinas, grabaron el recuerdo de Sebastián Soler con trazos amigos e imborrables”[56]. Este afecto y reconocimiento fueron indudablemente retribuidos. Así, en octubre de 1929, al presentar al profesor madrileño que había retornado a Córdoba, Soler lo reconoce como un “maestro”[57]. Y de hecho, cuando en 1929, el profesor de Córdoba publica su Exposición y crítica de la teoría del estado peligroso, el libro fue dedicado a Jiménez de Asúa[58].

¿Cómo podemos ponderar la gravitación de estos contactos entre el profesor madrileño y estos referentes de la intelectualidad cordobesa?

A través de dos niveles de análisis. Concretamente: a) las valoraciones realizadas por Soler y Bermann respecto de las concepciones epistemológicas de Jiménez de Asúa y b) los debates sobre cuestiones científicas puntuales; que dejan entrever el dialogo entre Soler, Bermann y el profesor madrileño.

En primer lugar, hay un reconocimiento respecto al modelo epistemológico al que adhería Jiménez de Asúa. En efecto, hemos señalado ya que, aunque se advierte en nuestro autor, hacia la década de los veinte, una influencia del positivismo italiano, esta matriz científica no significó la exclusión de otros horizontes teóricos, con los cuales el profesor madrileño estaba familiarizado; concretamente: la orientación político criminal y la dogmática jurídica. Y esta actitud siempre estuvo presente en sus conferencias; desde aquella primera visita en 1923. Pero quizá en donde más se advierte esta concepción haya sido en sus clases del Seminario impartido en 1925. Al respecto, resulta muy ilustrativa la descripción realizada por Bermann en su obra Toxicomanías. Allí, el médico legista describe cómo propuso a Jiménez de Asúa la discusión de un caso práctico, con sendas variaciones. El caso era el siguiente: un morfinómano, universitario, culto, seduce a una niña de diecisiete años de origen humilde, honesta e inocente. A las pocas semanas la inicia en el hábito morboso. A los cuatro años de convivir la niña muere. Aclaraba Bermann, que el joven en cuestión, por sus condiciones culturales, conocía bien la acción perniciosa de la droga; que era de costumbres depravadas y que la autopsia reveló que la causa eficiente de la muerte fue una neumonía; patología a la que probablemente no hubiese sucumbido la niña si su estado general – como consecuencias de las ingestas tóxicas – no hubiera sido tan deplorable. Las consignas planteadas eran: “¿Hay delito? Si existe ¿en qué disposición del Código encuadra?”[59]. Bermann describe cuales fueron las alternativas que acompañaron el debate. Por una parte, un grupo de asistentes se inclinó respecto de la inimputabilidad de quien había iniciado a la víctima en el consumo. Tal solución jurídica encontraba fundamento en el artículo 34, inciso 1º del Código penal, al considerar al “contaminador” como un enfermo cuyo estado mental encontraba amparo en aquella disposición legal. Otro grupo consideraba el hecho “como delictuoso, con todos los caracteres morales y legales de un delito”[60]. Para quienes sostenían esta segunda postura el debate transitaba por la búsqueda de la subsunción de la conducta en alguna figura delictiva; indagación que, en la opinión de Jiménez de Asúa resultaba infructuosa, en el texto del Código penal argentino, por falta de tipicidad; en tanto que, según el parecer de Bermann podía ser encuadrable en el artículo 202 de aquel digesto[61]. Las distintas variaciones, también fueron analizadas a partir de argumentaciones y categorías referidas al reciente Código penal[62]. De la descripción recién formulada se puede apreciar, en forma nítida, cómo en aquel Seminario de 1925, Jiménez de Asúa desarrollaba la asignatura con una preocupación que excedía, largamente, la cuestión atinente a la disputa de escuelas. Su perspectiva mostraba – y eso fue trasmitido a los asistentes de aquella actividad académica – una preocupación por el derecho positivo; con la utilización de métodos y lenguajes propios de la dogmática jurídica.

El testimonio frente a esta actitud también quedó registrado en un importante pasaje de la presentación que Soler – quien asistiera, también, a aquellas clases del Seminario de 1925 – realizara en 1929: “Pero a una inteligencia lúcida” – decía Soler – “tampoco el bosque le impide ver los árboles. Por eso es que Jiménez de Asúa es un jurista, un técnico del más alto valor, y sabe que el problema del jurista es un problema concreto y actual, que las soluciones han de darse con fecha y lugar, y para ello debemos adiestrarnos en el manejo de un arma poderosa, la ley, en cuyas entrelíneas debe aprenderse a leer los dictados de la justicia”[63].

El otro aspecto que nos parece importante indagar es cómo dialogaban Bermann, Soler y Jiménez de Asúa. Esta cuestión exige detenernos en el análisis de ciertas piezas discursivas; con el propósito de determinar cómo debatían en esos textos; cómo consideraban, recíprocamente, sus producciones.

Uno de los puntos en donde, por aquel entonces, confluyeron sus intereses científicos fue el de la peligrosidad.

Ya hemos visto que Jiménez de Asúa, en 1922, había dedicado una extensa monografía sobre esta problemática. Y con posterioridad a ello, el profesor madrileño, escribió un artículo intitulado “La ciencia penal argentina ante la peligrosidad”[64]; en tanto que, en 1929, pronunció una conferencia en la Universidad de Rosario sobre el tema “Estado peligroso”[65]. Por su parte, tanto Bermann como Soler habían destinado importantes esfuerzos respecto de esta temática. En el caso de Soler lo hizo en una monografía presentada en un concurso para optar por el grado de profesor titular de Derecho penal[66]. El título de esta monografía fue La intervención del Estado en la peligrosidad predelictual[67]; trabajo que luego fue reelaborado bajo el título de Exposición y crítica del estado peligroso.

En el caso de Bermann su parecer quedó plasmado en sendos artículos: “Los médicos peritos ante el juicio de peligrosidad”[68] y “El juicio pericial y el de peligrosidad”[69].

Soler, en la obra de 1929, se había referido frecuentemente al pensamiento de Jiménez de Asúa. En efecto, el profesor madrileño es mencionado en treinta y dos oportunidades; demostrando Soler un profundo conocimiento de la obra de aquél; quien es citado a través de diferentes trabajos: La pericolosità: Nuovo criterio per il trattamento repressivo e preventivo[70]; Estudio crítico del proyecto de código penal italiano de 1921[71];  “El concepto moderno de derecho penal y las garantías de los derechos individuales”[72]; El nuevo Código penal argentino y los recientes proyectos complementarios ante las modernas direcciones del Derecho penal[73] y las adiciones a la traducción española del Programa del curso de Derecho criminal, de Francisco Carrara[74].

Por su parte, Jiménez de Asúa, se ocupó tanto del pensamiento de Soler como del de Bermann, en su obra de 1928 y en la conferencia de Rosario del año siguiente.

¿Qué pensaba el profesor madrileño de los trabajos de Soler y de Bermann, en orden a sus desarrollos respecto a la peligrosidad?

Con relación a Soler, luego de sintetizar su posicionamiento[75], Jiménez de Asúa concluye afirmando la existencia de “convergencias básicas” entre el pensamiento de ambos. En efecto, el profesor de Córdoba se había mostrado un férreo oponente a la intervención predelictual, basado en criterios peligrosistas. Por el contrario, ya hemos señalado que, en 1922, Jiménez de Asúa sí lo admitía.

¿Cómo trata, argumentativamente, esta discrepancia el profesor madrileño?

Para hacerlo comienza transcribiendo un pasaje del libro de Soler vinculado con la intervención estatal frente a la mendicidad: “El peligro criminal de la mendicidad” – afirmaba Soler – “es una ficción innecesaria. El mendigo debe interesar al Estado no como un delincuente posible, sino como mendigo, como individuo derrotado que va a sumarse en las filas de una clase desamparada, improductiva, viviente testimonio de la inferioridad de nuestra organización social, de nuestra inconsciente indiferencia”. “Nosotros” – continúa Jiménez de Asúa con la cita de Soler – “propugnamos un medio directo y  general de intervención, basados en principios inmediatos de carácter ético, económico y político”[76].  Frente a este texto, entendía el profesor madrileño que las discrepancias entre su parecer y el de Soler era “aparente”; siendo más bien una cuestión “terminológica, perfectamente subalterna si se compara con la raíz del problema en el que nuestros criterios convergen”[77]. En efecto, Soler – expresaba el profesor madrileño – “rechaza la peligrosidad en función con el Derecho penal y postula otras intervenciones del estado ‘de carácter ético, económico y político’. Por mi parte, yo tampoco creo en la fecundidad de ninguna fórmula moderna actuada en el marco del Derecho penal vigente. Como he dicho en el comentario del libro de Ramos, todas mis concepciones requieren  como requisito para su encarnación, la conquista de su nuevo Derecho penal en el que incluso estorben los dos términos del título. Yo defiendo la peligrosidad subjetiva, el arbitrio de los juzgadores, la sentencia indeterminada y otras muchas instituciones de nuevo cuño, para cuando el viejo derecho punitivo se transforme en una intervención protectora de los delincuentes y la sociedad”[78].

El pensamiento de Bermann sobre la peligrosidad también fue conocido por Jiménez de Asúa. Así, en la conferencia que pronunciara en la Universidad de Rosario, el 26 de octubre de 1929, el profesor madrileño completaba su cuadro sobre esta teoría en los autores argentinos sintetizando el criterio del “inteligente profesor de medicina legal”[79] – en referencia a Bermann – quien argumentaba en contrapunto respecto de las críticas que realizara Soler[80].

Por su parte, Bermann, en su obra Toxicomanías[81] abrevó también en textos de Jiménez de Asúa. En efecto, en dicha obra detectamos once citas al profesor madrileño. Algunas de ellas se realizan no como parte del aparato erudito sino, dentro del texto, al describir la metodología del Seminario de 1925. Entre los trabajos del profesor madrileño mencionados se destacan los siguientes: La pericolosità: Nuovo criterio per il trattamento repressivo e preventivo; las adiciones a la traducción española del Programa del curso de Derecho criminal, de Carrara; El estado de necesidad en materia penal con especiales referencias a las legislaciones española y argentina[82] y La lucha contra el delito de contagio venéreo: problemas de Derecho penal y de prevención, en torno a las enfermedades del sexo[83].

Este libro de Bermann y su temática fue objeto de atención, asimismo, por parte de Jiménez de Asúa; quien se refirió al mismo en sendos trabajos: “Toxicomanías y Derecho penal” y “Toxicomanías”, aparecidos en  La Prensa, de Buenos Aires, de 13 y 21 de Abril de 1927.

Tanto Bermann como Soler fueron exonerados de sus cátedras universitarias, en 1930, por la dictadura de Uriburu. El dato lo mencionamos porque, con motivo de esta arbitraria actitud, Jiménez de Asúa, quien a la sazón estaba en España – todavía antes de su exilio -, publicó una carta abierta en defensa de ambos profesores; complementando el respeto científico hacia ellos con un elevado compromiso solidario frente a esa injusta separación. En efecto, en la edición del diario madrileño La Libertad, del día 7 de octubre de 1931, Jiménez de Asúa escribió “Carta abierta a mis amigos perseguidos”. Allí expresaba, entre otras consideraciones: “Las facultades de Derecho, Medicina y Farmacia sufren así la dictatorial amputación de profesores dignísimos”. Y, enseguida, agregaba, luego de mencionar idéntica actitud de los profesores argentinos frente a la persecución de que él fuera objeto durante la dictadura de Primo de Rivera: “En estos días en que la República española se afianza con segura raíz, vengo proclamando la urgente necesidad de volver a la ciencia y de poner a las Universidades al margen de la política militante. Pero también afirmo que los profesores, los alumnos y, en general, los intelectuales, cuando su patria atraviesa las bochornosas horas de una dictadura, tienen el inexorable deber de cerrar sus libros, de hacer un paréntesis en sus menesteres de pacífico estudio, para conseguir que su Estado se asiente en normas de Derecho. Es faena de decencia, de higiene pública y no de política. Para trabajar en calma es necesario que la libertad sea señora de las naciones. Por eso quiero que cruce el mar esta carta para que sepan ustedes que mi pulso se acelera de emoción ante su conducta civil”[84].

IV.- Conclusiones

¿Podemos hablar de una verdadera red intelectual conformada en Córdoba (a mediados de la década de los veinte del siglo pasado) en ocasión de los viajes académicos de Jiménez de Asúa?

Luego de la exploración realizada, la respuesta parece ser afirmativa. Diversos de los indicadores que ha señalado Devés Valdés se encuentran aquí acreditados: existió un contacto personal, de primera mano, entre el profesor madrileño y representantes, con gravitación de la cultura jurídico penal de Córdoba (especialmente: Soler y Bermann); se verificó, además, su participación en actividades comunes (ie. Seminario de 1925); Jiménez de Asúa se ocupó de comentar aspectos de la obra de alguna de estas figuras y existió una citación recíproca de sus producciones científicas, respecto a algunas temáticas comunes.

Desde luego que la conformación de esta red no fue algo casual: existieron factores que tornaron fértil el terreno, haciendo propicio los contactos. En este sentido, la permeabilidad del primer profesor anfitrión (Rodríguez de la Torre) y ciertas coincidencias en las agendas investigativas con el huésped generaron un clima favorable a la contratación de Jiménez de Asúa para el curso de 1925. Asimismo, la revisión de las bases pedagógicas, que aparecen como consecuencia de la reforma universitaria de 1918 representa un elemento explicativo  del buen acogimiento de las técnicas del Seminario de profundización que, también en aquel año se dictara.

También puede apreciarse que dichas relaciones, en lo que hace a la actitud del profesor madrileño, fueron percibidas en un plano de cierta igualdad; esto es: no se advertía en Jiménez de Asúa una visión jerárquica de su pensamiento sino una comunicación intelectual  franca, que privilegiaba el diálogo entre pares[85].

Finalmente es importante destacar cuáles fueron los aportes más significativos de estos tempranos contactos académicos. Indudablemente, Jiménez de Asúa, por aquellos años, estaba familiarizado con la doctrina del positivismo italiano. En tal sentido, sus investigaciones sobre la peligrosidad, son una muy buena muestra de ello. Sin embargo, el profesor madrileño, tenía un perfil intelectual mucho más complejo; en cuyo entramado confluían horizontes teóricos de muy diversas matrices; especialmente: utilización de categorías provenientes de la dogmática jurídica y análisis de instituciones desde la óptica de las concepciones de la política criminal. Esto hizo que las exposiciones de Jiménez de Asúa adquirieran una marcada trascendencia al exponer a sus oyentes y discípulos (en el Seminario y el Curso de 1925; pero también en las conferencias de 1923, 1929 y 1930) la riqueza técnica derivada de algunas teorizaciones alemanas (en particular von Liszt). Paralelamente, aquel aluvión itálico de la Scuola positiva comenzó a ser expuesto con susceptibilidad jurídica[86]; generando así un clima propicio para una renovación epistemológica – a partir del disenso y la crítica -; en la cual, Sebastián Soler, adquiriría un rol protagónico.

[1] Altamirano, Carlos, Para un programa de historia intelectual y otros ensayos, Siglo XXI Editores Argentina, Bs. As., 2005, p. 13.

[2] De igual opinión, Polgovsky Ezcurra, Mara, “La historia intelectual americana en la era del ‘giro lingüístico’”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos  [Online]. Disponible en: http://nuevomundo.revues.org/60207 , accedido el 13/1/2012.

[3] Cfr. Dibon, Paul, en “Un debate sobre la historia de las ideas”, en Prismas. Revista de historia intelectual, Universidad Nacional de Quilmes, Nº 7, Bs. As., 2003, p. 174.

[5] Cfr.  Devés – Valdés, Eduardo, Redes intelectuales en América Latina. Hacia la constitución de una comunidad intelectual , Colección Idea, Segunda época, Instituto de Estudios Avanzados, Universidad de Santiago de Chile, Santiago, 2007, p. 30.

[6] Ha señalado Altamirano, Carlos, Intelectuales. Notas de investigación, Enciclopedia Latinoamericana de Sociocultura y Comunicación, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2006, p. 115, que la actividad de los intelectuales “se desarrolla en conexión con ciertas tramas o contextos. Algunos de estos son de orden general, como los que establecen el Estado y el mercado, que no son contextos distintivos de la vida cultural como tal, aunque operan  sobre ella y la afectan de manera específica. Otros, en cambio, son espacios institucionales propios de la intelligentsia, como la universidad, cuyo nacimiento suele asociarse con el surgimiento mismo de los intelectuales. Hay redes de naturaleza más informal en cuanto a sus reglas, cuya existencia es más intermitente y sus límites más imprecisos: comunidades (…) creadas por los intelectuales y que funcionan como su ambiente”.

[7] Cfr.  Devés – Valdés, Redes intelectuales (…), op. cit., p. 32.

[8] Luis Jiménez de Asúa nació en la Ciudad de Madrid el 19 de junio de 1889. Tras hacer el bachillerato en el Instituto General y Técnico Cardenal Cisneros de Madrid, en 1905 inició sus estudios en la Carrera de Derecho, en la Universidad central. El 11 de octubre de 1911 se le expidió el título de Licenciado en Derecho. En 1913 obtuvo su título de doctor, por la misma Universidad madrileña. Entre 1914 a 1917 realiza, en condición de becario, estancias de investigación en distintas universidades Europeas. Por real orden del 13 de abril de 1918 fue nombrado catedrático numerario de Derecho penal en aquella Facultad. A partir de la década de 1920 inicia distintos viajes académicos para dictar cursos en Universidades Latinoamericanas. El 26 de mayo de 1929 renunció a su cátedra madrileña como protesta por la política de la dictadura del general Primo de Rivera.   Por una real orden de 5 de febrero de 1930, fue reintegrado en su cátedra de Derecho penal de la Universidad Central. Paralelamente comienza su actividad política e institucional. En 1931 ingresó como militante del Partido Socialista Obrero Español. Entre otros cargos políticos, fue elegido diputado a Cortes en las Cortes Constituyentes de la República Española (1931-1933), en representación de la provincia de Granada, en las elecciones constituyentes celebradas en junio de aquel año (1931). En 1939, tras la finalización de la guerra civil, inició  su exilio trasladándose a vivir a París. Hizo gestiones y recibió allí varias ofertas de universidades europeas y americanas, entre ellas, la Sorbona de París. También fue invitado por Alfonso Reyes, presidente de la casa de España en México D.F., que le ofreció gestionar un contrato de un año prorrogable en la Universidad de México D.F. para que pudiera seguir allí su tarea universitaria. Sin embargo por entonces ya había aceptado el ofrecimiento del Dr. Raúl Carranza para establecer su nuevo domicilio estable en la Argentina, donde residía su hermano Felipe, de profesión médico. Llegó a Buenos Aires el 8 de agosto de aquel año. En la Argentina se desempeñó como profesor de Derecho Penal en diversas Universidades: La Plata, Buenos Aires, etcétera. Falleció en Buenos Aires el 16 de noviembre de 1970. Los datos consignados son una síntesis de la biografía realizada por Puyol Montero, José María, “Jiménez de Asúa, Luis (1889 – 1970)”, en Diccionario de Catedráticos Españoles de Derecho (1847 – 1943), Universidad Carlos III de Madrid, disponible en: http://www.uc3m.es/portal/page/portal/instituto_figuerola/programas/phu/diccionariodecatedraticos . accedido el6/1/2013.

[9] Crf. Revel, Jacques, Un momento historiográfico. Trece ensayos de historia social, Ed. Manantial, Bs. As., 2005, p. 224.

[10] Martín Criado, Enrique, voz “Habitus”, en Román Reyes (Dir.), Diccionario crítico de las Ciencias Sociales, disponible en:  http://www.ucm.es/info/eurotheo/diccionario/H/habitus.htm . Accedido el 16/1/2013.

[11] Cfr. Revel, Un momento…, op. cit., p. 225. Respecto de la utilización de esta categoría por parte de la historiografía, cfr. Bourdieu, Pierre – Chartier, Roger, El sociólogo y el historiador, Abada Editores, Madrid, 2011, pp. 69/83.

[12] Cfr. Rivacoba y Rivacoba, Manuel de, “Evolución y permanencia del pensamiento de Jiménez de Asúa”, Doctrina penal, Año 3, Ed. Depalma, Bs. As., 1980, p. 785.

[13] Cfr. Bacigalupo, Enrique, “La teoría jurídica del delito de Jiménez de Asúa (o el nacimiento de la dogmática penal de habla castellana)”, en Luis Jiménez de Asúa, La teoría jurídica del delito, reedición facsimilar del texto publicado por Imprenta Colonial, Estada Hermanos, Madrid, 1931, por Ed. Dykinson, Madrid, 2005, p. VIII.

[14] Al respecto, cfr. Puyol Montero, “Jiménez de Asúa, Luis (1889 – 1970)”, en Diccionario de Catedráticos (…), obra citada. También, con amplias referencias respecto de esta estancia de investigación europea, vide Valencia, Jorge Enrique, “Acerca de la obra de Luis Jiménez de Asúa”, en Revista de Derecho penal y Criminología, Vol. 21, Nº 67, Universidad de Externado, Bogotá, 1999, pp. 198/200.

[15] Editado en Madrid, por Hijos de Reus, Editores, en 1916.

[16] Editado en Madrid, por Hijos de Reus, Editores, en 1917.

[17] Cfr. Jiménez de Asúa, Luis, “Corsi e ricorsi. La vuelta de Von Liszt”, en Franz Von Liszt, La idea de fin en el derecho penal, reimpresión de la 1ª edición publicada por Edeval, Valparaíso, 1984, realizada por la Universidad Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Jurídicas, 1994, México, p. 35, nota nº 15.

[18] Cfr. Bacigalupo, “La teoría…”, op. cit., p. XIII. De la misma opinión, Rivacoba y Rivacoba, op. cit., p. 786.

[19] Cfr. Bacigalupo, “La teoría…”, op. cit., p. XI. Todos estos elementos, señala Bacigalupo, “ponen de relieve que la Teoría Jurídica del Delito no era una obra improvisada a último momento (…) Era la condensación de más de una década y media de trabajo científico, sin duda intensos, aunque, en aquellos tiempos, menos sonoro que el delicado a la política criminal”. Este interés por la dogmática fue reconocido, expresamente, por el propio Jiménez de Asúa, en el prólogo a la segunda edición de su obra Problemas de derecho penal: doctrina técnica del delito, dolor y ceguera, estado peligroso, Librería y Editorial “La Facultad”, Bs. As., 1944, p. 6. Este libro fue reeditado en Buenos Aires, bajo idéntico título, en 1987, por Ediciones Jurídicas. Las citas que realizamos se corresponden con esta reedición.

[20] Rivacoba y Rivacoba, op. cit., p. 786.

[21] Jiménez de Asúa, Luis, El estado peligroso del delincuente y sus consecuencias ante el Derecho penal moderno, conferencia pronunciada en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, Editorial Reus, Madrid, 1920, p. 7.

[22] Cfr. Jiménez de Asúa, op. cit., p. 10.

[23] Cfr. Jiménez de Asúa, op. cit., p. 16.

[24] Cfr. Jiménez de Asúa, op. cit., p. 25: “(…) la noción del estado peligroso no debe circunscribirse tan sólo para los que ya han violado la ley. El peligro se manifiesta, en efecto, por el crimen; pero para el grupo germano – belga (…) el estado peligroso se manifiesta también antes del crimen, y entonces la sociedad debe defenderse”.

[25] Cfr. Jiménez de Asúa, op. cit., p. 26.

[26] Cfr. Jiménez de Asúa, op. cit., p. 26. Otro discípulo de von Liszt, Filippo Grinspigni (quien había gozado, también, de una estancia de investigación en Kriminalistisches Institut  de Berlín y cuyo trabajo “La pericolosità criminale ed il valore sintomatico del reato”,  La Scuola Positiva, s. IV, Vol. IX, 1920, pp, 97/141, sería utilizado, según veremos, por Jiménez de Asúa en su libro de 1922) advirtió, igualmente, dicho cuestionamiento. Según Michele Pifferi (cfr. “Confini da difendere o frontiere da superare? Le ‘zone grigie’ della legalità penale tra Otto e Novecento”, Quaderni fiorentini XXXVI, 2007, pp. 787/788), en la opinión de Grinspigni, el riesgo de hacer depender la sanción de un elemento incierto o sólo probable, de abrir la puerta al arbitrio judicial en la evaluación de los indicadores de la temibilità, “sarebbe in realtà evitato proprio dal principio di legalità che, estendendosi, verrebbe di fatto a tipizzare la pericolosità, a ‘fissare legislativamente, e cioè in modo obligatorio per il giudice, quale sia il preciso valore sintomático dei singoli reati, ed anche dei singoli elementi di questi’. Un aggiornato nullum crimen, dunque, revisitato dai positivisti ma conservato, capace di predeterminare perfino i criteri di valutazione di uno status soggettivo”.

[27] Madrid, Imprenta de Juan Pueyo.

[28] Ambas críticas son refutadas por Jiménez de Asúa (op. cit., pp. 95/96), a través de argumentos tomados del trabajo de  Grispigni, La pericolosità criminale (…). Así, con respecto a la incertidumbre, dirá que, tal reparo “adolece de falsedad en su base, pues las sanciones penales y medidas asegurativas no se establecen en vista del delito posible o probable, que es incierto, sino con  las referencias al peligro actual, que es cierto”. Por su parte la objeción de Rocco relativa a la proporcionalidad y adecuación de la pena al delito resultaba más aplicable, según señalaba Grinspigni,  a quienes – como sucedía con el propio profesor de Sassari – sacrificaban la prevención  especial a la general, “pues se sirven del reo como un medio para el fin de la intimidación de los ciudadanos, y, además, aplican al delincuente un tratamiento que le inflige un daño inútil, y, por tanto, injusto”.

[29] Cfr. Jiménez de Asúa, El estado peligroso…, op. cit., p. 98.

[30] Al respecto, cfr. Puyol Montero, obra citada.

[31] Según lo señala Valencia, “Acerca de la obra…”, op. cit., p. 201.

[32] De hecho en 1922, la editorial madrileña Reus, publicó Trabajos del Seminario de Derecho penal (Museo – Laboratorio  jurídico de la Universidad de Madrid), en donde se compilaron trabajos, además del propio Jiménez de Asúa (quien redactara un estudio sobre “El hambre como circunstancia atenuante y el estado de necesidad”), de los siguientes alumnos: Riaza, Viñas, Porpeta y Sierra Bermejo (quien escribió un ensayo intitulado “El delito de contagio intersexual y nutricio”). El libro mereció un elogioso comentario bibliográfico de Manuel Núñez de Arenas, aparecido en  Bulletin Hispanique, Año   1925, Volumen   27, Número   27-4, pp. 373-374. De este comentario destacamos el siguiente pasaje que entraña un juicio valorativo respecto de nuestro autor y su actitud pedagógica: “Son las soluciones propuestas innovaciones profundas, de influencia extraordinaria en la vida de la sociedad y muestran cómo para el Sr. Jiménez de Asúa, el derecho penal no puede ser materia fosilizada y letra muerta sino espíritu vivificador y cómo no considera su misión de profesor cumplida con el comentario de jurisprudencia, sino que aspira a intervenir socialmente y a reformar la ley imponiendo en las costumbres nuevas normas de justicia social”.

[33] Cfr. Goldschmidt, James, Metodología jurídico – penal, 1ª Edición, Ed. Reus (S.A.), Madrid, 1935, p. 15.

[34] Cfr. Jiménez de Asúa, Luis, El nuevo código penal argentino y los recientes proyectos complementarios ante las modernas direcciones del derecho penal, Ed. Reus, Madrid, 1928 (existe una 2ª edición ampliada de esta obra publicada en 1943, en Buenos Aires, por  editorial La Facultad),  p. 25: “En octubre de 1921, el profesor Jorge Eduardo Coll, que visitaba Europa, llegó a Madrid con el benévolo propósito de invitar a uno de los profesores de nuestra Universidad. Erró vuestro compatriota en la elección, y fui yo el designado para inaugurar el cambio intelectual entre la Universidad bonaerense y la madrileña”.

[35] Ley 11.179. La aprobación del Código penal por parte del Congreso fue el 30 de septiembre de 1921. Su promulgación, por parte del Poder Ejecutivo, el 29 de octubre de 1921. Su vigencia, en atención a lo preceptuado por el artículo 303, lo fue desde el 22 de abril de 1922.

[36] Alemana (Liszt, Binding, Merkel); italiana (Manzini, Alimena, Florian), francesa (Garraud, Vidal), etcétera.

[37] Así lo reconocería, años más tarde, el propio profesor madrileño. Cfr. Jiménez de Asúa, Luis, Bases para una restauración del Derecho penal democrático, Opúsculos de Derecho penal y Criminología, Nº 16, Ed. Lerner, Córdoba, 1986, p. 18. Se trata de una reedición de las conferencias que pronunciara en Córdoba en 1956. Dichas conferencias fueron publicadas originariamente en Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, Año 43, Números  4 y 5, pp. 299 – 354, agosto – noviembre de 1956. Esta serie de tres conferencias, precedidas de la presentación por parte de Ricardo C. Núñez, marcan el retorno de los contactos entre el profesor español y la universidad mediterránea; contactos interrumpidos a partir de 1939.

[38] Jiménez de Asúa, Bases para…, op. cit., p. 18.

[39] No obstante que, para ese año, Jiménez de Asúa estuvo afincado en Córdoba, viaja, además, a Buenos Aires, en cuya Universidad dictó un nuevo ciclo de conferencias sobre “La penología carcelaria y asegurativa y el Código penal argentino”. Así lo reconoce el propio autor en El nuevo código…, op. cit., p. 260: “En Julio de 1925, tras de breve escala en Montevideo, donde había sido invitado para exponer cuatro conferencias, llegué a la Argentina, cuando acababan de cumplirse dos años de mi primer arribo. Esta vez había sido demandado mi concurso por la Universidad de Córdoba, que deseaba desarrollase un largo programa en sus aulas. En el mes de Agosto, con el permiso de las autoridades académicas cordobesas, acepté el cometido que me confió la Universidad porteña, a requerimiento de los estudiantes, y en el mismo salón donde me comuniqué hacía veinticuatro meses con la intelectualidad bonaerense, volví a exponer un breve ciclo de cuatro disertaciones (…)”.

[40] Cfr., al respecto, Caballero, José Severo, “La filiación científica de Luis Jiménez de Asúa (Contribución para su semblanza)”, Cuadernos de los Institutos, Nº 116, Instituto de Derecho Penal, Universidad Nacional de Córdoba, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Córdoba, 1972, p. 10.

[41] Cfr. Jiménez de Asúa, Luis, Temas penales, Dirección General de Publicidad, Sección Derecho y Ciencias Sociales, Nº 3, Córdoba, 1931, p. 5.

[42] En ese mismo año (1929), y durante días 16,18 y 19 de octubre, Jiménez de Asúa dictó un ciclo de conferencias en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Santa Fe. El mismo versó sobre la doctrina técnica del delito. También, en aquel mes, disertó en la Facultad de Ciencias Económicas, Comerciales y Políticas de Rosario en donde expuso sobre el dolor y la ceguera ante el derecho punitivo y el estado peligroso. Los textos de estas conferencias aparecieron publicados en Jiménez de Asúa, Problemas de derecho penal: doctrina técnica del delito, dolor y ceguera, estado peligroso, obra citada.

[43] Así lo expresa Jiménez de Asúa, en Temas penales, op. cit., p. 48.

[44] Al respecto, cfr. Cesano, José Daniel, Élites, redes intelectuales y recepción en la cultura jurídico penal de Córdoba (1900 – 1950), Ediciones Del Copista, Córdoba, 2011, p. 93 y siguientes.

[45] Al respecto, cfr. Rodríguez de la Torre, Julio, “Derecho penal. Lecciones del profesor Julio Rodríguez de la Torre”, Revista de la Universidad Nacional de Córdoba, Año XI, Nº 4,5 y 6, abril, mayo y junio de 1924, p. 19.

[46] Cfr. Buchbinder, Pablo, Historia de las universidades argentinas, 2ª edición, Ed. Sudamericana, Bs. As., 2010, p. 125. Para estos cambios, respecto de la Cátedra de Derecho penal de la Facultad de Derecho de la Universidad de Córdoba, vide, Núñez, Ricardo C., Tendencias de la doctrina penal argentina, Opúsculos de Derecho Penal y Criminología, Nº 1, Marcos Lerner Editora, Córdoba, 1984, p. 15. Desde luego que se trató de un fenómeno generalizado y no acotado a un ámbito disciplinar. En este sentido y en igual dirección con relación a la cátedra de Legislación Industrial y Obrera, cfr., Portelli, María Belén, Saberes modernos para políticas eficaces. Intelectuales, Estado y cuestión obrera en Córdoba, 1906 – 1936, Prometeo Libros, Bs. As., 2011, p. 44 y siguientes.

[47] Cfr. Nuñez, Tendencias…, op. cit., p. 15.

[48] De manera muy marcada en los casos de Roca y Bermann. Con relación a Bermann, se ha señalado que, durante el ajetreo de la reforma de 1918, éste fue designado presidente de la Federación Universitaria de Buenos Aires y, luego, nombrado delegado de la Federación Universitaria de Córdoba ante la Federación Universitaria Argentina. Por su parte, el mismo Bermann refiere que, entre quienes conformaron las distintitas líneas reformistas, también se encontraba Soler; cuyas ideas pretendían limitar la reforma únicamente al campo docente y cultural. Sobe estos aspectos, cfr. Argañaras, Juan de la Cruz, El freudismo reformista 1926- 1976, Ed. Brujas, Córdoba, 2007, pp. 80/81.

[49] Respecto del primero, cfr. Cesano, José Daniel, “Sebastián Soler, la crítica al positivismo criminológico y el significado de su Derecho penal argentino: saberes jurídicos y contextos intelectuales. Una aproximación desde la historia de las ideas”, en Gustavo A. Arocena – Fabián I. Balcarce – José Daniel Cesano (coordinadores), Reflexiones sobre la cuestión criminal. Libro homenaje al Prof. Dr. Carlos J. Lascano (h.), Ed. Lerner, Córdoba, 2011, pp. 235/259. Con relación a Bermann, cfr. Cesano, José Daniel, Criminalidad y discurso médico legal (Córdoba, 1916 – 1938), Ediciones Del Copista, Córdoba, 2013.

[50] Hacemos esta especificación porque, en esta ocasión, no es nuestro propósito indagar las relaciones que pudieron establecerse entre estas figuras en orden a su filiación política. En este sentido, en sus orígenes, tanto para el caso de Bermann como de Roca, es posible constatar su orientación hacia el socialismo; aunque, luego, se desplazó, hacia el comunismo. Jiménez de Asúa, en tanto, también tuvo una temprana conexión con el Partido Socialista Obrero Español. El caso de Soler es más complejo: aún cuando fue víctima de la dictadura de Uriburu (al igual que Bermann y otros profesores universitarios), el 6 de octubre de 1955 fue designado Procurador General de la Nación por la cúpula militar de la Revolución Libertadora; que había protagonizado el golpe que terminó con la segunda presidencia constitucional de Juan Domingo Perón. Y si bien tanto Bermann como Soler denotan una dura crítica al gobierno peronista; en el caso de Soler (no así en Bermann) se puede apreciar una clara vinculación con diversos gobiernos de facto; tanto al colaborar en la redacción de proyectos de reforma a la legislación penal como integrando diversas comisiones oficiales (vgr. la Comisión de Estudios Constitucionales que formó, con fecha 17 de diciembre de 1956, el gobierno militar para informar sobre la posibilidad de una reforma constitucional). Al respecto, cfr. Tanzi, Héctor José, “Historia ideológica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (1955-1966)”, en  IUSHISTORIA. Revista Electrónica, Universidad del Salvador. Facultad de Ciencias Jurídicas. Facultad de Filosofía, Historia y Letras, Nº 3, Buenos Aires, Setiembre de 2006, p. 22. Disponible en: http://www.salvador.edu.ar/juri/reih/2006/I3.pdf .Accedida el 19/1/2013. Indudablemente estas inconductas políticas  de Soler, con el tiempo, resquebrajaron las relaciones con el profesor madrileño. De hecho, fue en el primer número de la Revista de Derecho Penal y Criminología, que dirigía Jiménez de Asúa, en que apareció la aguda crítica de Ricardo Núñez en relación a la colaboración de Soler en los procesos de reforma penal de los gobiernos de facto bajo el título “El origen bastardo de una reforma”. El distanciamiento entre Jiménez de Asúa y Soler es señalado por Luis Marcó del Pont, Núñez. El hombre y su obra, Ed. Lerner, Córdoba, 1997, p. 106,

[51] Para su biografía, cfr. Sanguinetti, Horacio, La trayectoria de una flecha. Las obras y los días de Deodoro Roca, Librería Histórica, Bs. As., 2003.

[52] En efecto, entre algunas de sus célebres defensas, destaca, por ejemplo, la de Suárez Zabala, quien fue imputado por la desaparición de la menor Martha Ofelia Stutz. Roca también involucró en su actividad profesional a Gregorio Bermann; al requerir sus servicios como perito de parte con motivo de un homicidio. Esta intervención conjunta resulta interesante porque en ella, Bermann utilizaría en su dictamen pericial categorías vinculadas con el lenguaje psicoanalítico, con el propósito de fundar la inimputabilidad penal del acusado  (al respecto, cfr. Argañaras, Juan de la Cruz, El freudismo reformista 1926 – 1976, Ed. Brujas, Córdoba, 2007, p. 89). Para una selección de los escritos jurídicos de Roca, cfr. Deodoro Roca. Obra reunida, III. Escritos jurídicos y de militancia, Ed. Universidad Nacional de Córdoba, 2007, pp. 61/160.

[53] Deodoro Roca obtuvo su tesis doctoral en 1915, La misma versó sobre cuestiones de Derecho internacional público; siendo intitulada Monroe, Drago, ABC. Reflexiones sobre la política continental. Al respecto, cfr. Giletta, Matías – Villarreal, Vanesa – Galarza, María del Rosario – Cañas, Andrés – Aráoz, Nancy, “La reforma universitaria de 1918 y el pensamiento social latinoamericanista – Antiimperialista: sus formulaciones, referentes y contextos intelectuales”, Ada Beatriz Caracciolo (Dir.), ¿Sociología? Entre letrados y otras yerbas. Itinerarios de la sociología en Córdoba (1930 – 1980), Instituto Académico Pedagógico de Ciencias Sociales. Universidad Nacional de Villa María, Villa María, 2010, pp. 97/100.

[54] Así lo informan Aspell, Marcela – Yanzi Ferreira, Ramón Pedro, “Los vidrios rotos – Reformas y Planes de Estudio en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba 1918 – 2000”, Anuario VII, Universidad Nacional de Córdoba, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Centro de Investigaciones Jurídicas y Sociales, 2002 -2003, p. 336. Dicha cátedra la ocupó hasta 1921 (al respecto, cfr. Requena, Pablo, “Roca, Deodoro Jaime”, en  Proyecto Cultura interiores. Un archivo de la cultura de Córdoba. Disponible en: http://culturasinteriores.ffyh.unc.edu.ar/ifi002.jsp . Accedido el 15/1/2013). Durante los tres años que ejerció este magisterio, Roca, cambió, en cada ciclo lectivo, el programa de la asignatura. No obstante ello, y como eje metodológico de los contenidos desarrollados, se advierte que la materia estaba estructurada como una introducción histórica a las corrientes filosóficas (Para el texto de dos de los programas, cfr. Sanguinetti, op. cit., pp. 121/124). Siendo profesor, estuvo a su cargo la presentación del filósofo español Eugenio d’Ors, quien pronunciara una serie de conferencias en la Universidad de Córdoba, a partir del 11 de agosto de 1921.

[55] En efecto, recuerdan Ferrari, Fernando José – Orgaz, Santiago, “Estudio exploratorio sobre los vínculos entre intelectuales españoles y los primeros lectores de Freud en Córdoba (1916-1937)” (versión electrónica disponible en: https://docs.google.com/document/pub?id=1w984p5wmJBivn1SPs-QmO06MZJGJjStoWtfpWUd5ai8 , accedido el 9/1/2013) que, en 1925, desde Mendoza, Jiménez de Asúa escribió a Roca la siguiente tarjeta: “Mendoza 8 Nov. 1925. Mi muy querido amigo: Una de las personas que me han penetrado profundamente por su cultura y simpatía es Ud. a quien deploro no haber conocido y tratado antes a mi llegada a Córdoba. Espero que en España o en la Argentina volveremos a vernos. Entretanto reciba el más cordial abrazo de su gran amigo que lo quiere de veras. Luis Jiménez de Asúa. Me sería gratísimo saber de Ud. en Madrid”.  Una copia fotográfica de esta tarjeta puede verse en Sanguinetti, op. cit., p. 94.

[56] Cfr. El nuevo código (…), op. cit., p. 358.

[57] Cfr. Jiménez de Asúa, Temas penales (…), op. cit., p. 3.

[58] En rigor, la dedicatoria ya la había realizado en la primera edición de la obra, en 1926.

[59] Cfr. Bermann, Gregorio, Toxicomanías, El Ateneo, Córdoba, 1926, pp. 324/325.

[60] Cfr. Bermann, Toxicomanías, op. cit., p. 325.

[61] Cfr. Bermann, Toxicomanías, op. cit., p. 326.

[62] Cfr. Bermann, Toxicomanías, op. cit., pp. 326/327.

[63] Cfr. la presentación realizada por Soler en Jiménez de Asúa, Temas penales (…), op. cit., p. 4. Allí mismo Soler calificaba al profesor madrileño como “un técnico sutil” y “un gran sistematizador”. La preocupación de Soler por el estudio y el análisis del derecho positivo quedó plasmado en el prólogo a la primera edición de la parte general de su Derecho penal argentino, Buenos Aires – Córdoba, Ed. El Ateneo, Talleres Gráficos de la Universidad Nacional de Córdoba, 1940. Sin embargo, en trabajos anteriores, había incursionado sobre cuestiones atinentes a la interpretación de la ley como actividad central del jurista. En esa dirección puede consultarse su artículo “Interpretación de la ley penal”, Boletín de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, Córdoba, 1937, pp. 49/66.

[64] Incluido en el volumen El nuevo código penal argentino (…), op. cit., pp. 354/362.

[65] Para su texto, cfr. Jiménez de Asúa, Problemas de Derecho penal, op. cit., pp. 111/135. La inquietud de nuestro autor respecto de la peligrosidad se patentiza en la segunda edición de su libro El Código penal Argentino y los proyectos reformadores (…) ya citado. En esa edición, notablemente ampliada, Jiménez de Asúa incluye una serie de estudios vinculados con el tratamiento de la peligrosidad en los proyectos de ley sobre el estado peligroso de 1924, 1926, 1928, 1933 y respecto del proyecto de José Peco. Además extiende, con relación a la edición de 1928, el acápite “La ciencia penal Argentina ante la peligrosidad”; incluyendo el análisis del pensamiento de autores como Eusebio Gómez, Alfredo J. Molinario y el mismo Peco.

[66] Soler no logró, entonces, la titularidad; siendo designado profesor suplente de la asignatura.

[67] Publicado en Establecimiento Gráfico  A. Biffignandi, Córdoba, 1926.

[68] Publicado en Boletín de la Biblioteca Nacional de Criminología y Ciencias Afines, Bs. As., julio de 1928 y en Boletín de Criminología, Año I, Nº 7, 1928, Lima, pp. 622-644.

[69] Publicado en La Semana Médica, Bs. As., 1929.

[70] Torino, Fratelli Bocca, 1923. Se trata de la edición italiana de la obra de 1922; precedida de un prólogo de Enrico Ferri.

[71] Texto que recoge una serie de conferencias dictadas por el autor los días 8, 18 y 26 de noviembre de 1921. Publicado en Madrid por  Librería General de Victoriano Suárez, 1922.

[72] Publicado en Revista Penal Argentina, tomo IV, Buenos Aires, enero-junio 1924.

[73] Texto ya citado en este trabajo.

[74] Publicada en Editorial Reus, Madrid 1922.

[75] Cfr. Jiménez de Asúa, El nuevo Código (…), op. cit., p. 359.

[76] La cita se efectúa en Jiménez de Asúa, El nuevo Código (…), op. cit., pp. 359/360.

[77] Cfr. Jiménez de Asúa, El nuevo Código (…), op. cit., p. 361.

[78] Cfr. Jiménez de Asúa, El nuevo Código (…), op. cit., p. 361. Soler retomaría esta crítica, en ocasión de una conferencia pronunciada en la Universidad Nacional del Litoral, el 12 de julio de 1930 (cfr. Soler, Sebastián, Observaciones críticas al positivismo penal, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1932, p. 29). Allí el embate se centraría en la tremenda carga de inseguridad que traía aparejada la utilización de la noción de peligrosidad y la consiguiente amenaza para las libertades civiles. Escuchemos, nuevamente, sus palabras: “La fórmula es indeterminable, encierra demasiados elementos para que pueda la ciencia conscientemente decir: este sujeto es peligroso (…). Y esto tiene consecuencias graves, entre las cuales se señala la consecuencia de la inseguridad, crítica preferida por la escuela francesa, en la que figuran penalistas, como Roux, que en esta indeterminación de la actividad jurídico – penal, en esta posibilidad de que se imponga una sanción cuando no se ha cometido un delito, tomando por base hechos fluctuantes y vagos, ven una amenaza a la libertad civil (…)”. En rigor, la respuesta del profesor madrileño, argumentativamente, trastoca el eje central de la correcta crítica de Soler, al enfrentar aquéllas censuras con un Derecho penal de “nuevo cuño”; lo cual, evidentemente, quita del quicio natural la crítica del profesor de Córdoba, quien centra su preocupación en el aquí y ahora del Derecho penal. Sobre la crítica de Soler al positivismo criminológico, cfr. Cesano, “Sebastián Soler, la crítica (…)”, op. cit., pp. 238/247.

[79] El calificativo es de Jiménez de Asúa. Cfr. su Problemas de Derecho penal, op. cit., p. 127.

[80] Así lo recuerda Jiménez de Asúa, Problemas de Derecho penal, op. cit., pp. 125/126: “Ampliando criterios antes expuestos y dando siempre pasos hacia delante, Gregorio Bermann (…), expone, últimamente, sus sagaces ideas sobre el ‘juicio de peligrosidad’ y termina aludiendo a Sebastián Soler: ‘Nosotros creemos en cambio que el criterio de la peligrosidad está lejos de ser una ‘nueva ficción jurídica’ , como no es una construcción arbitraria el juicio pronóstico que implica. Surge de la realidad humana social y  científica, de esa misma realidad vital a que tanto se ha aproximado la tendencia antropológica y clínica. Esta es la razón de su fuerza y el secreto de su éxito, que no alcanzaron a tener los que parten de conceptos, ficciones, prejuicios filosóficos o religiosos, normas arbitrarias’ (…)”. Como ya lo hemos señalado, estas opiniones de Bermann se publicaron entre los años 1928 y 1929; esto es, en el momento en que el profesor de medicina legal se aproximaba, en cuanto a su argumentación científica, a los postulados del positivismo criminológico italiano.

[81] Respecto de esta obra de Bermann, cfr. Weissmann, Patricia,  “Degenerados y viciosos. Primeras conceptualizaciones acerca de las toxicomanías en la Argentina”, disponible en: http://www.investigacion.cchs.csic.es/rihp/Temas12/degenerados_viciosos , accedido el 12/1/2013.

[82] Publicado en Talleres gráficos de la Penitenciaría Nacional, Buenos Aires 1922.

[83] Editado en 1925, en Madrid, por editorial Caro Raggio, como parte de la serie Publicaciones de la Asociación Oficial de  Estudiantes de Farmacia. Bermann cita en forma incorrecta el título de este trabajo. La incorrección se advierte apenas se analiza el contexto dentro del cual se realiza la mención; sin perjuicio de que, además, el título que menciona Bermann  no se encuentra catalogado entre las obras del profesor madrileño.

[84] Cfr., La Libertad, Año XIII, Madrid, nº 3.603, 7 de octubre de 1931. El texto se encuentra disponible en: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0003012400 . Accedido el 13/1/2013.

[85] Esto también es advertido por otros investigadores que se han ocupado de la conformación de redes intelectuales entre pensadores españoles y mejicanos en el ámbito de la filosofía. En este sentido refiere Gordo Piñar, Gemma, “El papel de las Redes Intelectuales en la construcción y reconstrucción del Pensamiento Filosófico”,  Bajo palabra. Revista de Filosofía, II Época, Nº 7, Madrid, 2012, p. 497 que: “La ventaja de la categoría de red es que nos permite hablar de las relaciones en un plano de igualdad y no sólo de influencias, las cuales siempre implican jerarquía; predominio de la horizontalidad frente a la verticalidad en el análisis de dichas relaciones. Esta superación de las jerarquías es un rasgo que marca una aptitud distinta ante el pensamiento latinoamericano por parte de España. Con este trato de igualdad en el estudio de las relaciones intelectuales se instituye una igual valoración de las dos tradiciones de pensamiento, algo que, por desgracia, no ha sido la tónica general”.

[86] La expresión corresponde a Ricardo Núñez, con motivo de la presentación que realizó respecto del profesor madrileño en 1956. Cfr. Jiménez de Asúa, Bases para una restauración (…), op. cit., p. 15.

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